EL VIGÍA DE LA ENTRADA A ASTURIAS

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Con motivo de la presentación en FITUR de la “Ruta Marinera de la Princesa”, era fundamental que la embajadora performance, que humanizaría el relato, fuera ataviada con un vestido propio de la época. 

Tuvimos la suerte de que una vecina de un concejo limítrofe, curiosamente de nombre Marina, que significa “la que pertenece al mar” o “nacida en el mar”, nos prestara un regio vestido de corte renacentista, confeccionado en terciopelo negro con perlas y cristales Swarovski. 

Se trata del mismo que ella luce en una localidad de Ribadedeva, a propósito de la celebración anual de la recreación histórica del paso del emperador Carlos V.

A estas alturas habrán averiguado que el pueblo de Marina,  situado en lo alto, dominando el mar y los Picos de Europa y con su identificativo depósito de agua, es Pimiango. 

Así que, en reconocimiento a Marina, no vamos a permitir escribir una líneas sobre ese pueblo que es el vigía de la entrada a Asturias.

No le faltan a Pimiango indescriptibles acantilados, pinturas prehistóricas, miradores, como “el  Picu”, con vistas al Urriellu, o  “el Picu Cañón”, estratégico en la guerra de independencia. 

También es admirado su faro, el más oriental de Asturias y rodeado de encinas. Y nadie que lo visite deja de acercarse a la Ermita de Santu Medé, que atesora leyendas y una fuente milagrosa, que hasta una estrofa del pericote nos lo recuerda. Así mismo, aunque menos concurrido, el misterioso Monasterio de Tina tiene su público.

Incluso se está haciendo famosa la singular representación que se realiza en el mes de agosto en memoria de la estancia en Pimiango de Carlos de Gante cuando, en compañía de su hermana Leonor, se trasladó desde Flandes.

Lo que no es tan de dominio público, es que la Iglesia, pintada de blanco y con los vanos en amarillo, a cuatro aguas y con torre campanario y reloj, está bajo la advocación de San Roque y custodia imágenes del Monasterio: la Virgen de Tina y Santa Ana con la Virgen y el Niño.

Tampoco, por el difícil acceso que mantiene intacta su belleza, no suele tener  gente la playa de Mendía, de aguas del color de la malaquita y de tal claridad que no es necesario bucear para ver el fondo.

Pero lo que si me parece que se desconoce es que a la entrada, en el Palacio de El Pedroso o casa fuerte de los Gutiérrez de Colombres, de piedra, con su fachada dividida en dos y orientada al sur y con un arco que da paso a un patio interior, establecieron sus dueños en el siglo XVII un taller gremial para enseñar el oficio de zapatero a sus vecinos y dotarlos de un medio de vida. Así de aquella escuela salieron numerosos zapateros que recorrieron los pueblos del Norte y  crearon un argot para entenderse solo entre ellos: El Mansolea. De ahí que a los habitantes de Pimiango se les llame mansoleas.

No deja de llamar  la atención  la afición de los pobladores de Pimiango a hacerse zapateros, confirmada por el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1753 que recoge que de 51 vecinos, 32 eran zapateros, y añade que ninguno marinero.

Y llegado a este punto surge la pregunta ¿Por qué, a pesar de ser Pimiango el pueblo de Ribadedeva más cercano a la costa, vivía de espaldas al mar?.

Al parecer, no siempre fue así. Cuentan que, hasta finales del siglo XVI, sus habitantes se dedicaban a la pesca con sencillas barcas, pero por esas fechas una fuerte e inesperada galerna las hizo zozobrar, pereciendo todos los pescadores, quedando solo en el lugar mujeres, niños y ancianos, los cuales nunca olvidaron como sus familiares intentaron en vano ganar la costa, y tras jurar que ninguno de los suyos volvería jamás a la mar, se apartaron del litoral y se avecindaron junto al Palacio.

Sin duda, fue un juramento inquebrantable y cumplido a rajatabla.

¡Gracias, Marina!

Imágenes, Valentín Orejas

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