En enero de 1594, don Pedro Junco de Posada, obispo de Salamanca, pidió y obtuvo del Ayuntamiento y del Cabildo de la Iglesia de Llanes, previo pago, el derecho a ser enterrado en túmulo monumental en el presbiterio de la Iglesia de Santa María del Concejo.
Protestó la Cofradía de San Nicolás, que contando con el apoyo de los vecinos presentó pleito, el cual fue largo y costoso, y ganaron los mareantes. Antes de la demanda judicial, el prelado había intentado un acuerdo consistente en que se contentaba con una tumba cuya losa no sobresaliera del nivel del suelo. Dicha propuesta fue rechazada, y don Pedro, dolido en su amor propio, compró junto a la iglesia unos terrenos y los cercó, de ahí el nombre: El Cercáu.
No obstante los marineros y los llaniscos siguieron demostrando su tesón y obligaron al obispo a dejar una servidumbre de paso, que tenía dos portalones, el actual de acceso y otro tras el garaje adosado a la Casa de Babilonia. Cuentan que Don José de Parres Piñera, para evitar la prescripción, usaba ese tránsito.
Imagen, Valentín Orejas








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