En el año 1753, un médico de Brighton, Richard Russell, retomando la idea, que ya preconizaron los antiguos egipcios, griegos y romanos, respecto a los efectos curativos de los baños en el mar, publicó un libro que los recomendaba para tratar todo tipo de enfermedades, incluidos los vaivenes del espíritu y la melancolía. Más tarde, la moda de los baños de mar cruzó a Francia y se fue extendiendo a otros países de Europa y América.
A lo largo del siglo XIX, la creencia de que el agua del mar lo curaba todo popularizó la asistencia a las playas, a pesar de las exigencias de la cultura extremadamente pudorosa y recatada de la época. Y no me refiero solamente a las casetas de baño con ruedas y a los trajes de baño que empezaron siendo de franela oscura, cuello alto, mangas hasta el codo, falda tapando la rodilla, pantalones, medias negras, zapatillas de lona y pequeñas piezas de plomo para que la saya no se levantara, sino también a que a las zonas de baño se las delimitaba en función del sexo: una parte estaba reservada para las mujeres y otra para los hombres.
Hoy, esto nos suscita una sonrisa, pero en aquellos tiempos la separación drástica de sexos en las playas estaba minuciosamente reglamentada en todos los arenales que se preciaran.
Como nuestra Villa, mucho antes del famoso eslogan “Llanes, treinta playas”, ya gozaba de fama en todo el norte de España, en las Ordenanzas Municipales del año 1877 se incluyó un capitulo que recogía que la temporada de baños duraba desde primeros de julio al 8 de septiembre, y en aras a la moral, al pudor y las buenas costumbres se prohibía terminantemente que se bañaran juntos los hombres y las mujeres, aún cuando fueran completamente vestidos, designando el Sablín y Puerto Chicu exclusivamente de mujeres, y el Sablón y Toró para los hombres, sin que por ningún pretexto ni motivo se consintiera alteración alguna. En cuanto a los niños se les permitía bañarse, acompañados de mayores, en los puntos destinados a sus respectivos sexos.
Con todo, lo que me resulta más curioso y gracioso, casi lo que me llevó a escribir estas líneas, es que también las Ordenanzas reprimían las intentonas de los mirones y fisgones, aunque poco dejaba a la vista, y mucho a la imaginación, aquellos faldumentos que casi asfixiaban.
Así, los hombres, desde las 9 de la mañana a las dos de la tarde, no podían pasar por el camino de San Antón y lugares próximos a los puntos de baño de las féminas. Se exceptuaba de aquella regla al Torrero para ir y venir del faro, eso sí, sin detenerse. Igualmente, tenían vedados los sitios adyacentes a las playas reservadas a las mujeres los pescadores y los que pasearan en botes o lanchas que no fueran marineros de oficio.
Imagen, “El Oriente de Asturias” +IA






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