GENTE CÉLEBRE

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Aunque no dudo que en Llanes hay personas célebres hoy en día, no creo que se puedan comparar con las que nos precedieron y que podíamos encontrar en cualquier punto geográfico de la Villa, desde La Arquera a La Paz, y desde San Pedro al “Soberrón”.

Gente con un humor, una inteligencia y una cultura (siempre me llamó la atención la basta cultura que poseía la marinería), que generaban unas rápidas y acertadas contestaciones que para si quisiéramos muchos. 

Los conocimos a casi todos, y no voy a relacionarlos sería una lista que no cabría ni en el Pentateuco.

Entre ellos, había un personaje del que no se ha hablado mucho y que, según mis tías las de “Santana”, de joven tuvo que ser pelín “pinta”. Bueno no se si lo dijeron ellas, pero lo digo yo, pero ya os lo explicaré.

De este personaje, voy a “contádevos” un par de anécdotas, para que lo juzguéis por vosotros mismos.

Según los relatos de mi madre y mis tías, este personaje, trabajador, inteligente y socarrón, siempre dispuesto a pasarlo bien y hacérselo pasar a los que lo rodeaban.

Por motivos que ahora no vienen al caso, y sobre todo porque los desconozco, me contaban que un buen día, iba nuestro insigne personaje dirigiéndose en un tranquilo paseo hacia “La Granxia” (una finca familiar situada en la falda del Soberrón), por tierras de La Galguera, cuando pasado el ya medio día se acercó a una quintana que por allí había, y en la cual entró a saludar a los que allí estaban y además con el ánimo de pedir un vaso de agua con el que calmar su sed.

Bien recibido por la “dueña”, esta no solo le dio el vaso de agua, sino que además como estaba ya muy avanzado el mediodía, le faltó tiempo, para invitarle a comer.

“Don Baltasar, quédese con nosotros, que la mesa ya está preparada, y con muchísimo gusto nos agradaría que nos acompañara en la comida.”

Contestó el caminante que para él sería un honor, al mismo tiempo que preguntaba que habían preparado para comer.

“Pase, ¡Pase a la cocina!, que la abuela está terminando de hacer un pote, que se va a chupar los dedos”.

Así lo hizo nuestro protagonista, que como siempre que podía (y que hacemos muchos en cuanto podemos), entraba por la cocina, se quedó mirando y tras saludar a la “paisanina”, comentó …

“Este pote tiene una pinta buenísima, pero voy a deciros una cosa… ¡Si aguanta quédome, con muchu gustu a comer con vosotros, pero si cae marcho!,”

“¡Ay que cosas dice!”, respondió la anfitriona.

Si mi cría, todo lo que tú quieras, pero te repito… ¡Si cae, marcho!… ¡Si no cae, quédome!”

De esas no lo sacaban, hasta que, en un determinado momento, dijo… “¡No cayó!… “Quédome, que esti pote tien una pinta mundial”.

Cuando regresó a casa y con mucha retranca lo comento a la familia, pues nadie sabía de qué palo iba la jugada, hasta que el muy alegremente lo explicó.

Pues veréis, Cuando entré en la cocina, me encontré a la abuela, muy afanada preparando el pote, pero como estaba encima del puchero y le estaba dando todo el vaho, aparte de que ella estuviese más o menos resfriada debido a la postura, al frio, a la edad, al calorin de la cocina, o a los vapores del pote, en la puntina de la nariz de la buena paisana, venía haciendo equilibrios  la “mixuela”. Ya sabéis, esa gotina liquida trasparente que más se parece a agua que a mocu, de forma que, en la inspiración, la “mixuela” subía y desaparecia, mientras que en la expiración la “mixuela” bajaba y quedaba colgando, y así sube y baja, estaba yo esperando el desenlace 

Toda esta comedia encima del consabido puchero se acabó cuando la “guela” cogió una punta del mandil, y sorbiendo la nariz, llevolu hasta  ella y limpiose con él impidiendo definitivamente que cayera sobre la olla. Visto el desenlace me senté a la mesa, porque si llega a caer…Pues eso… ¡Ni caso!

Otra vez demostrando una de las características de nuestro personaje que era, al parecer, su simpatía y fino humor sin caer en chocarrerías, ya que él siempre fue un verdadero caballero, ocurrió cuando yendo a por un “recau” a primeras horas de la mañana, se encontró con una mujer que le dijo… 

¿Cómo madruga tantu, Mister Cué?

¡Ay, hija! Mas madrugó que el que dejó un críu dentro de una macona en Tieves.

La paisana, totalmente desquiciada, salió corriendo como rata por tirante, gritando.

¡Un jallau!… ¡Un jallau!… ¡En Tieves hay un “jallau”!

Del lavadero, de las marismas del Carrocedo, del “macelo”, del puertu, de los barrios de  San Pedro, San Antón, y desde otros lugares donde había gentes desocupadas, salieron corriendo a Tieves, en busca del “jallau”, revolviendo toda la zona, sin encontrar nada de nada. Don Baltasar había movilizado a media Llanes con una de sus clásicas bromas.

¿Ye p’a matalu o no?

Me imagino que ya os habréis dado cuenta de que me estoy refiriendo a mi abuelo Baltasar Cué Fernández, que, desde el más profundo cariño, admiración y respeto yo lo tengo como un “puquitin pinta”, y era porque… ¿Cómo vos lo diría yo?…

Os cuento. Marcha para Cuba a los 18 años, en 1874 (había nacido en 1856), donde trabajó en puestos labores contables y administrativos  en las prósperas empresas comerciales que ya habían establecido  sus hermanos Cayetano y Gaspar allí en La Habana, pero donde termina cansándose (hoy le llamaríamos “culo inquieto”), y marcha para Londres hacia 1882, afincándose en el barrio del Soho (o de Bloomsbury, no se sabe con certeza), donde amplia su  formación artística y cultural y donde descubrió la fotografía, interesándose seriamente por ella, trasladándose unos años más tarde a París, estableciéndose, al parecer, en el barrio de Montmartre, epicentro de la vida bohemia, donde su interés es por la pintura.

Tras esa etapa parisina regresó a España en 1888

Afincado ya en el seno de la familia, pocos años más tarde después de llegar a Llanes, acompaña un domingo a su madre a la Basílica a oír la “Misa de 12”, cuando a la salida, y según comentarios familiares, se cruza con una guapísima cría que lo deja como “amomiau”, y dirigiéndose a su madre le dice… “Con esa cría he de casarme yo”. Y así lo hizo, se casó con Aurora de la Fuente García en 1892. Ella tenía 16 años y él tenía 36 años según las mismas fuentes familiares. 

A partir de ese momento fue un marido amable y cariñoso, un padre ejemplar, un gran fotógrafo, serio, profesional y un incomparable maestro y educador, pero… 

¿Fue un célebre “pinta”?… ¿Fue un feliz aventurero?… Cuanto me hubiera gustado parecerme a él.

Así me lo contaron, y así os lo cuento.

Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

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