
-P: ¡Eso no fue así!… ¿Oíste?
-T: ¿Cómo que no fue así?… ¿Acaso estabas tú?
-C: Como si estuviera, pero dígotelo yo que eso no fue así.
-F: Buenos días a todos. Veo a algunos ligeramente excitados. ¿Qué paso?… ¿Parió una gallina? (Inolvidable frase de María Quiroga)
-C: Nada compañerín. Estos dos, que como siempre ya están espatuyando
-F: Pues estamos bien. Yo que venía con ganas de tomar un cafetín y charlar un rato con vosotros…
-R: ¡Pues vas por buen caminu chachu! Estas ganas de hablar ya las tienen, y de buena mañana.
-T: Vaya hombre… ¡El que faltaba! Ahora mete tú el remu.
-R: A mí ni te me dirijas asina, que estoy hablando con esti señor… ¿Oíste?
-P: Mira que andas “faltusu” … ¡Anda y vete al “charrangue”!
-F: ¡Parar un pocu, parar un pocu! … ¿Qué es eso del “charrangue”?
-C: ¡Ay manín!… ¿Que quies que te cuente?
-F: Pues cuéntame lo que te de por la gana, pero cuéntamelo.
-C: Pues verás, te cuento. Gracias a Dios ya desapareció, y que sea para siempre, la necesidad de hacer ese trabajo. Ya no se necesita que nadie se dedique a él, pues, aunque en un tiempo les quitó mucha hambre a muchas personas, e inclusive a familias enteras, el charrangue era hijo de la pobreza y solamente traía con él, desesperaciones, peligros y en algún caso hasta la muerte.
-F: Sigue, sigue… ¿Qué más?
-T: Pues verás. La palabra “charrangue”, viene de “charrangar”, que quiere decir “coger”, pero no coger de cualquier manera, si no coger con avidez, a brazadas, a “brazos llenos”.
-C: Hubo una época, y no muy lejana, por cierto, que como te decía, las privaciones y la “jambre” eran de tal magnitud, que una serie de personas e incluso familias enteras, por pura necesidad y con el fin de poder salir adelante, se dedicaron a coger carbón de los vagones de ferrocarril, que lo transportaban desde las minas que había en las cuencas de los ríos Nalón y del Caudal, hacia Santander.
Para ello, cuando el tren carbonero se encontraba detenido en la estación de Llanes, se paseaban por el andén y por “entrevías”, fijándose en los vagones que les interesaban, y contando el número de orden que ocupaban a partir de la máquina, a la que tenían como referencia.
-P: Lo que estas personas buscaban, eran los vagones en los cuales se transportaba el carbón llamado “de bloque”, y sobre todo al que denominaban “la galleta”, por ser este último el más fino y apreciado de todos y despreciando totalmente el llamado “cisco”, ya que, al fin y al cabo, era poco más que polvo de carbón mezclado con tierra.
– C: Una vez controlados los vagones que les interesaban y antes de que el tren se pusiese en marcha camino de Santander, se dirigían hacia el túnel que hay a la salida de la estación, yendo en esa dirección, y se encaramaban sobre el arco que forma la boca de este o en sus inmediaciones, a esperar a que pasara el convoy.
Cuando el tren aparecía, estas personas que sabían muy bien que venía despacio, tanto porque acababa de dejar la estación, como por el mucho peso que tenía que arrastrar la máquina (que no se caracterizaba precisamente por su potencia), al entrar en el túnel y pasar bajo ellos el vagón que les interesaba, se lanzaban al vacío para caer encima del carbón.
Rápidamente soltaban un saco que llevaban enrollado en la cintura, y cogiéndolo por una parte con los dientes mantenían el saco abierto dentro del carbón mientras con los brazos lo llenaban, “charrangaban”, en un “visto y no visto”, para que vez lleno poderlo tirar a la vía, donde por regla general lo estaba esperando una mujer para llevárselo.
Toda esta operación la llevaban a cabo antes de que el tren saliera del túnel, sobre todo para poder escapar sin que los guardias se dieran cuenta de toda la maniobra, y no les diera tiempo a reaccionar, ya que, si eso ocurría, y si los guardias se percataban del negocio, buenos palos podían llevar más de uno, o una, como así ocurrió alguna que otra vez.
Pero la caprichosa diosa “Ate” (la diosa griega del infortunio y la desgracia), que siempre está al acecho, muchos accidentes promovió entre los asaltantes al intentar bajar con el tren en marcha, ya que las caídas golpes, contusiones y algún que otro brazo o pierna rotas, estaban casi a la orden del día, e inclusive la más terrible, que fue la que se llevó una vez la vida de un hombre, que no habiendo saltado en el vagón que había escogido, empezó a saltar de vagón a vagón hacia el que prefería, cuando perdió el equilibrio y cayó entre ellos, yendo a parar a la vía donde dejó su vida bajo las ruedas del tren.
Había verdaderos virtuosos (no voy a “davos” ningún nombre porque no viene al caso), que llenaban un saco en menos de un minuto, además a algunos todavía les daba tiempo de llenar dos o tres sacos durante el corto recorrido del tren dentro del protector túnel.
Este carbón procedente del charrangue, quitó el frio en muchos hogares e hizo cocer muchos pucheros, además de servir como moneda de trueque para conseguir abastecerse de otros productos básicos en la vida de las familias.
Más tarde, cuando las cosas empezaron a mejorar y la vida fue presentando una cara más amable, este carbón se vendía para conseguir dinero, que al final y por desgracia, terminaba la mayoría de las veces en juergas y borracheras.
Ya no servía el espíritu del charrangue. Ya no se necesitaba para cubrir necesidades primarias. Ya no era lo mismo… ¡Era otra cosa!
-T: ¡Así fue!… ¡Si señorito!… ¡Eso era el charrangue!… Y ahora vamos a darnos una vueltina por La Barra a ver de qué humor tenemos a la “Moza”.
-F: ¿Habréis pagado, ¿no?, que aquí me conocen.
Un abrazo, buena Mar y hasta la vista, amigos

Estación de Llanes en 1920. Foto de Cándido García

Locomotora __Turujal__ del Ferrocarril del Cantábrico Llanes-Santander

Estación de Llanes con un tren de pasajeros y un carbonero. (1920)





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