Hace años, con ocasión de nuestras bodas de plata, mi marido y yo pasamos unos días en el sur de Turquía.

En una de las excursiones, concretamente visitando la ciudad de Mira, el guía nos contó que a quien conocemos como Santa Claus había  ejercido de obispo en esa ciudad y nacido muy cerca. Pusimos cara de sorpresa y escepticismo, entonces él añadió que la leyenda de Santa Claus está inspirada en San Nicolás de Mira, llamado en occidente San Nicolás de Bari, por haberse trasladado sus restos a esa ciudad portuaria italiana tras la invasión musulmana. Nos relató algunas leyendas sobre ese santo, que es considerado tradicionalmente como protector de los niños. Entre ellas, hay una que se me quedó impresa en la memoria, que dice más o menos así: tres jovencitas pretendían casarse, pero su padre no podía pagar la dotes, entonces ese santo lanzó por la chimenea unas monedas, las cuales fueron a caer dentro de las medias de lana que las chicas tenían secando. Parece ser que esa es la razón por la que se cuelgan calcetines para recibir regalos de Navidad. 

Desde que conocí esa historia, tuve curiosidad en saber cómo ese Santo del siglo IV, natural de Turquía, llegó a América y se acabó transformando en esa figura oronda con pinta de bonachón, que vive en el Polo Norte junto a duendes navideños, y que en Navidad reparte juguetes, trasladándose en un trineo tirado por renos, liderados por Rudolf, que hace de guía con su roja y brillante nariz.

Según refieren, San Nicolás se hizo muy popular en Europa, sobre todo en Holanda, donde es patrón de los marineros y de Amsterdam. Contaban, de aquellas por allí, que este santo había llegado de España, seguramente porque Bari pertenecía al Reino de Nápoles, el cual formó parte de la Corona Española. Los holandeses que colonizaron Nueva Amsterdam (la actual isla de Manhattan) le erigieron una estatua y se esforzaron en conservar su culto. La devoción de estos inmigrantes eran tan profunda y a la vez tan pintoresca y llamativa que el escritor estadounidense Washintong Irving escribió un libro en el que trazaba un cuadro muy vivo y satírico de ellas. En aquel libro, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, entrado en kilos, generoso y sonriente, que había llegado a Nueva Yok para arrojar regalos por la chimeneas, que sobrevolaba gracias a un caballo volador que tiraba un trineo prodigioso. Su popularidad se desbordó y contagió a los norteamericanos que convirtieron el Sinterklass holandés en el Santa Claus estadounidense. Unos años después, el dibujante de origen alemán Thomas Nast utilizó a este personaje para unas tiras cómicas, diseñándolo con una barriga prominente, cinturón ancho y como un viajero del polo norte.

La fama se desenfrenó cuando en 1930  Coca Cola publicó un anuncio en el que se veía a Santa Claus escuchando peticiones de niños en un centro comercial. En el mismo, Santa Claus se hizo más alto y grueso, de rostro alegre y vestido de rojo con ribetes blancos, que eran los colores de Coca Cola.

Las postales, cuentos, cómics y películas norteamericanas consiguieron el resto.

Se estarán preguntando la razón de este artículo, la cual va más allá de que hoy, 6 de diciembre, se celebre San Nicolás, ya que el mismo, desde tiempos inmemoriales, es el patrón de los marineros llaniscos, a cuya advocación dedicaron su Capilla e incorporaron al nombre de su ancestral Cofradía: “La Cofradía de los Honrados Mareantes del Sr. San Nicolás”, antecesora de la actual “Cofradía de Pescadores Santa Ana de Llanes”.

Imagen, Valentín Orejas

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