EL CELABARDU

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Cuando bajaba la marea, y la ría quedaba “en secu”, era cuando los crios de “Sanrana” y “La Moria”, poníamos en acción una de las pescas que más nos gustaba por los beneficios económicos que podíamos conseguir. Era la pesca de la limpia, delicada y sabrosa “quisquilla”.

Como al parecer necesita aguas muy límpidas, no las encontrábamos en el puerto interior, sino que las buscábamos en los “pocinos” que quedaban a la bajamar entre el muelle Marlón y La Barra, de los cuales los más famosos, por ser los más fructíferos, era el que daba al Sureste del “muelle Santiago”, enfrente los del roquedal que estaba delante de la Gran Taberna “La Marina” (hoy casi tapada por la “Marina seca” del puerto deportivo), unos que había en la “medialuna” y los que estaban situados enfrente los de la ramblina de “La Tijerina” y “Cueva de San Antón”.

Por lo visto no les hacía demasiada gracia la luz diurna, por lo que había que meter el arte (arte de pesca, concretamente un arte tradicional en la cornisa cantábrica), entre la arena y la roca, pues es allí donde se refugiaban.

Al principio la sacaba para usarlas como carnada para pescar cuando iba a la Mar con “Tiu Bata (Baltasar Cué de la Fuente), pues la quisquilla es de lo  mejor cuando se trata de atraer a lenguados, brecas, doradas, cabras o besugos entre otras, en fondos mixtos (arena y rocas), o a la pesca desde costa a “xáragos”, lubinas, durdos, o lo que entrase. Las que no eran del todo bien recibidas, eran las bogas.

Aunque muchas veces la teníamos que usar recién muertas, tiu “Bata”, siempre llevaba un calderín con agua donde las mantenía vivas, pues me comentaba que era el alimento natural de muchos peces, inclusive para los más desconfiados, debido a la atracción que producía su fuerte olor y su blanda carne, usando para ello anzuelos pequeños y poco plomo, con el fin de que el movimiento del cebo fuera de lo más natural.

Mas adelante, aprendimos que era rentable el vendérselas a los veraneantes en latas rellenas de algas (algunos caprichos y helados pagaron),  siendo las más usadas unas pardas que tenían en las hojas como unas vejigas llenas de aire, y que a bajamar podíamos recogerlas a brazaos.

Pero se acabó el negocio, cuando una mañana llegué a casa con una buena marea de ellas bien frescas y hermosas, por lo que nuestra añorada “Telita” (Angelita Landeras), me dijo… “Espera un pocu Fernandín que voy a cocételas”

¡Ay, amigos! Que cosa tan rica, pero tan rica que, desde entonces para que yo usara una quisquilla para encarnar, tenía que ser chica, ruina, y con más tiempo fuera del agua que dentro, pues las que tenían presencia y señoriu, esas eran para el criu. Por cierto, a Teresina mi madre y a mis tías les encantaban, por lo que además había descubierto otro tipo de soborno, para seguir siendo el criu más mimau de “Santana”, del Concejo y provincias españolas.

Claro que todo esto fue gracias a un retel de tres aros que me regalo mi gran amiga (María de los Ángeles Dorado Duarte (“Marina”), pero esa es otra historia que ya os contaré

Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos.

Fernando Suárez Cué

Foto (1) Antiguo celabardo

Foto (1) Antiguo celabardo

 

Foto (2) Retel de tres aros

Foto (2) Retel de tres aros

 

Foto (3) 'Feofíceas' (algas pardas)

Foto (3) ‘Feofíceas’ (algas pardas)

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