La noche del 12 al 13 de agosto de 1912, una galerna, que acabó con la vida de 150 pescadores vascos, puso de manifiesto la falta de un sistema de protección que amparase a los supervivientes y a los familiares de las gentes del mar.

A los solemnes funerales asistió SM Alfonso XIII, quien contribuyó al socorro con 4.000 pesetas. Se celebraron actividades benéficas, llegando recaudarse casi 50.000 pesetas, pero aquello era un parche.

Así, en 1917 se crearon las instituciones cooperativas, que no fueron otra cosa que los pósitos de pescadores, y para garantizar sus operaciones se constituye, dos años más tarde, La Caja Central de Crédito Marítimo (CCCM) que, en 1930, cambiaría su nombre por el de Instituto Social de la Marina.

La transformación que, desde aquella época, experimentó la protección social de los trabajadores del mar y su forma de organizarse, hasta llegar a las Cofradías de Pescadores, fue colosal.

La Caja de Crédito Marítimo inició la extensión de la cultura general y profesional de los trabajadores del mar, suprimiendo los intermediarios y facilitando la venta directa en los pósitos con la constitución de las primeras lonjas, derivando en una mejora de los precios de la venta del pescado.

Se fomentó una vocación cooperativista, que promovió, entre otras cosas, la adquisición de embarcaciones. Y resultó trascendental el auxilio que prestó la CCCM en caso de enfermedad, vejez o desgracia, además de la asistencia facultativa, farmacéutica y seguro de ahogamiento

Y  con su subvención se constituyeron “Las Casas del Mar”,

las cuales eran espacios donde se empezaron a formar las primeras bolsas de trabajo para el embarque y se habilitaron los primeros dormitorios para los forasteros a precios económicos.

Más tarde, las Casas del Mar ampliaron sus objetivos: informando sobre los recursos disponibles del Instituto Social de la Marina, actuando como centro directivo de los servicios, tales como asistencia social, facilitar espacios recreativos y culturales.

Se trataba de instalaciones que pretendían mejorar la vida de los marineros en puerto, cumplían la labor de un club social de los profesionales del gremio.

Incluso estaban dotadas de aulas en la que se impartían las clases de los programas de formación profesional. También, se asistía a los marineros, sin distinción de nacionalidad, en caso de naufragio y situaciones análogas, hasta su regreso al hogar.

Es incompresible que los trabajadores del mar no hubiesen peleado, a través de los medios democráticos a su alcance, contra la transferencia del Instituto Social de la Marina a las respectivas Comunidades, que trajo como consecuencia su desguace, privándoles de una asistencia sanitaria extraordinaria, administrativa, cultural y social.

Con las transferencias de un elevado porcentaje de las instalaciones del ISM, en el caso de Asturias, al Principado, han empezado a surgir toda suerte de oficinas, despachos del más diverso rango, que nada tienen que ver con el espíritu fundacional del Instituto Social de la Marina, en cuyos estatutos figuraba en letras grandes Cultura y Social. 

El declive de las Casas del Mar es evidente, y especialmente las hospederías, lugares donde la gente del mar encontraba alojamiento a la espera de embarque o trasbordo.

Además, ha dejado de estar presente en cada accidente laboral, en cada situación de las familias que pierden a un ser querido, en cada joven que aspiraba a estudiar la disciplina del mar, en cada asociación que solicitaba su apoyo…

Así de aquel Instituto que las gentes del mar sentían como suyo, porque lo era, solo quedan oficinas que se ocupaban del papeleo de Seguridad Social y poco más.

Todo parece indicar que los servicios para los trabajadores del mar no han mejorado, y no se puede olvidar que la legislación contempla la posibilidad de reversión de un servicio transferido, cuando éste no se utiliza para el fin que fue creado.

 

Maiche Perela Beaumont

Imagen, Valentín Orejas

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