De cría, como la mayoría de los niños, la fantasía y la realidad no estaban muy lejos la una de la otra, y la imaginación era una buena aliada. Me encantaba escuchar e inventar historias, tenía escondrijos secretos, talismanes y lugares a los que consideraba mágicos, sobre todo por las historias que sobre ellos me contaban. Entre esos sitios que me parecían extraordinarios estaba “el Palu Poo”. Ese peñasco vertical, alto y estrecho, que junto a los castros “Pelau”, “de la Olla”, “de Poo” y “la isla de la Almenada” forman un diminuto archipiélago a poniente de la Villa de Llanes, tenía un origen muy especial y yo me jactaba de saberlo. Mi conocimiento provenía de un cuento de Baltasar Pola que me solía referir mi abuela, sobrina- su padre y Baltasar eran primos carnales- del gran escritor, poeta y guionista llanisco. Se titulaba “Una Diosa llanisca”, y según recogió su propio autor, que lo firmó como Tasaron Peneque, uno de sus seudónimos, lo había escrito para divertir a sus hermanas. Aquella imaginativa narración, publicada por el Oriente de Asturias por lo menos en dos ocasiones, la última en el libro “Un llanisco en Hollywood”, contaba que en las alturas del Cuera reinaba la diosa Turbina, llanisca hasta la médula. Su belleza y rebosante vitalidad inspiró amores famosos entre los dioses del Olimpo. Pero de todos los amores y amoríos de Turbina, el más celebrado fue aquel que hizo enfrentarse a Netunu y Ércoles, que según ilustres eruditos se correspondían a los mitos romanos Neptuno y Hércules. Ambos pretendientes, a petición de la diosa, que ideó un plan demostrando la sagacidad de la mujer llanisca, aceptaron disputar un partido de bolos en lugar de una brutal pelea. La bola, al salir de la manaza de Ércoles, daba vueltas como una peonza y las hojas de los árboles se agitaban como si se hubiese desatado un terrible nordeste. No quedó ni un bolo en la improvisada bolera. Todos se habían hecho añicos, al igual que la bola, salpicando los campos desde Porrúa hasta Poo. Solo un bolo quedó entero y fue a dar a la mar, donde cayó plantado, conociéndose desde entonces con el nombre de Palo de Poo. De la bola, nada más un trozo fue reconocido por los arqueólogos como tal: La Peña de la Mazuga.
El recuerdo de este cuento me vino a la memoria hace dos años al navegar a corta distancia de los castros de Poo, y hoy al ver “el Palu de Poo” desde tierra no me he podido resistir a traer a estas líneas un humilde resumen de ese cuento mitológico de un autor que estaba convencido de que lo mejor de la vida es la imaginación, gracias a la cual se crea un mundo al gusto sin los engorros de la realidad.
Imagen, Valentín Orejas






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