EL PARTIR

por

-F: ¡Vaya mañanina guapa tenemos hoy! …. ¿No vos parece?

-T: A ver si aguanta, que como siga así, esta tarde a los calamares los podemos “machacar”.

-C: Buenos días… ¿Qué pasó?

-F: ¡Nada! Tiquiano, que estaba hablando de machacar, y le iba a decir que para machacado estoy yo, que el diañu de la Tómbola, en este barrio de Santana no hay quien duerma. Es más escandalosa y hace más ruido que el motor de la “Xana”.

-R: ¡Concho!, pues eso ya es hacer ruido… ¿Oíste?

-F: ¿Por qué no vamos a La Barra a ver la Mar y así adelantamos para esta tarde, el tema de la calamarada?

-F: ¡Venga nos marchamos p´alla!… ¿Esta “t’o pagu”?

-T: ¡De “to pagu” nada!, hay que partir.

-C: Mira de eso podíamos hablar hoy, de las “particiones”. ¿Tú sabes cómo se hacía Fernando?

-F: ¡Ni idea! Y la verdad es que me gustaría saberlo.

-C: ¡Pues verás! Antes, el chocolate no me acuerdo como se hacía, pero lo que si te puedo decir es que las cuentas se hacían muy claras, entre otras cosas porque participaban y controlaban todas las partes interesadas.

-T: Ya lo creo, es más, intervenían todos los marineros de las distintas lanchas que había en Llanes, y cada uno defendía su parte y la de los demás componentes de la tripulación, estuvieran presentes, o por cualquier motivo ausentes.

-F: ¿Qué embarcaciones eran?… ¿Había muchas?

-C: Había varias, por ejemplo, la “Virgen del Rosario”

-F: De esa me acuerdo perfectamente, era la de Gerardo, muy larga y marinera, a la que también la llamaban “La Menta”, porque tenía el casco pintado de un verde brillante muy guapu… ¡La verdad!

-R: ¡Calla un pocu demoniu!… Si lo sabes todo… ¿Para qué preguntas?

-F: ¡Vale me callo! Sigue Tiquiano, por favor.

-T: Estaban también la “Villa de Llanes”, de Tono y Garbanzu, el “Jesus del Gran Poder” de Adolfo “El Buzu”, la “Maria Josefa” de Tonito, la “Virgen Maria” de José Melijosa, la “Milagrosa” de Albar, y otras más.

-F: A modo de anécdota, ¿Sabíais que cuando yo era un chicu, y hablaba a media lengua, según mis tías, a esa lancha la llamaba “La Mila-gocha”?

-R: Muy guapin, y muy simpaticu el criu, además de un poco irreverente… pero ¿Podrías dejar ya de interrumpir de una vez?

-C: No nos olvidemos del “Socorro” de la familia Román, ni del “Chambelena” de Adolfo, además de otras.

-P: Otras dos que se me vienen a la memoria eran el “Cajuma” de Llerandi y el “Felicia” de Paco Saro.

-T: Si, y otros muchos y más antiguos.

-C: Había tantas embarcaciones en la Ría, que cuando se abarloaban unas a otras, podías pasar de la Dársena a la Rula, saltando de lancha en lancha.

-T: ¡Qué tiempos! Había entonces buenas compañías.

-F: Y ahora también… ¿O no es así y ya estás hasta los toletes de nosotros?

-C: ¡No hombre! Tiquiano se refiere a las compañías en la Mar.

-F: Pues, esplicadevos rapaces (Ese tiempo de verbo, y en realidad la frase, que no creo que sea muy correcta, pero la oí cientos de veces en La Moría y Santana).

-T: Pues verás, cuando una lancha tropezaba con la manjua, y empezaba la faena de pesca, se podía encontrar con otra lancha, que también se había dado cuenta de la presencia del pescado, por ejemplo, al ver desde la distancia trabajar a las gaviotas, se acercaba a ella pidiendo “compañía”. Para ello, el patrón de la lancha que arribaba levantaba la mano como señal de su petición, a la que el otro patrón, si aceptaba la “compañia, daba su beneplácito, levantando a su vez la suya. Entonces saltaba un tripulante de cada lancha a la otra, y comenzaban a faenar juntos.

-C: Vamos a puntualizar un detalle. Para pedir compañía, el cerco de la lancha que había llegado primero tenía que estar todavía abierto, pues en caso contrario, si el cerco ya había sido cerrado, la pesca era suya y nadie tenía ningún derecho a reclamarla.

-F: Todo muy bien, pero ahora supongamos que el cerco todavía estaba abierto, que el patrón que llegaba pedía “compañía”, y que el otro patrón no se la concedía… ¿Qué podía pasar?

-T: Pues mira, se podía armar un “espolín gordisimu”, pues los recién llegados, por medio de morrillos, arpones, bicheros, arpeos, atravesando la lancha, en fin, con todo lo que se les ocurriera, intentaban levantar los aparejos, rasgarlos y embayar el pescado. Ya sabes… ¡O jugamos todos o rompemos la baraja!

-F: Vaya petaca… ¿No?

-P: Pues sí, pero vamos a pensar que no había problemas, como era lo más normal, que todos se aceptaban y se efectuaba la faena de pesca en “buena compañía”, hasta que dicha faena concluía y los hombres quedaban libres, volviendo cada uno a su embarcación, repartiéndose el total de la pesca entre las dos lanchas a partes iguales.

-F: ¿Dónde se efectuaban esas particiones, en la Rula?

-R: ¡No compañerín, no! Para las particiones, cada tripulación se dirigía a hacerlas al bar que por costumbre más frecuentaban. Unos iban a Casa Ángel, otros al Bar del Muelle, y otros al Venecia, o algún otro de los varios que había en la Villa.

-C: … y por cierto, eso se hacía así por fidelidad, ya que para poder sufragar los gastos más necesarios, como podían ser el combustible, aceite, provisiones u otros varios, eran estos bares, que las distintas tripulaciones tenían como base, los que acostumbraban a adelantar el dinero necesario, dinero que al final de la semana se pagaba religiosamente, cuando el propietario del bar presentaba la relación de gastos efectuados.

-F: O sea, y por lo que entiendo, entre el zarpar y el partir había una serie de operaciones a las que había que hacer frente sin remisión alguna… ¿No es así?

-T: ¡Así era! No había ni trampa ni cartón, por eso, los sábados, cuando se cobraban las pólizas del pescado entregado en la Rula, se descontaban los gastos, que como a dicho Cote era lo primero que se pagaba, y solo entonces empezaba la partición.

-F: ¿Era muy complicada?

-C: En absoluto, aunque para el que estaba en ello, podía parecérselo, pero las cosas, por tácitas, estaban más que claras y jamás se dudaba del partir, pues todos intervenían, tal y como antes te dije.

-R: Por lo pronto, el 50 % de los beneficios, se los llevaba el armador de la embarcación.

-F: Eso es normal, pues al fin al cabo, es el que más expone y el que más gastos tiene.

-R: No sé yo, pero te explico. El 50 % restante se repartían entre los 10 o 12 miembros de la tripulación.

-T: Eso era la soldada, Así se llamaba a la parte que recibía cada uno.

-F: ¿Todos a partes iguales?

-C: No exactamente. Por ejemplo, el cho (pinche o grumete), hasta no cumplir el Servicio Militar, solo cobraba un “cuarterón”, o sea, una cuarta parte de la soldada.

-T: También había por costumbre, que en cada embarcación hubiera uno o dos marineros que se encargaban de la limpieza del barco, arranchando aparejos, llamando a la gente, o alguna otra faena extra, por la cual cobraban, media soldada más, o sea, soldada y media al final de la semana. Esta diferencia, la pagaba el armado de su propio bolsillo.

-P: No os olvidéis de que también era a costa del armador, el pagarle a la motorista media soldada más semanalmente, por limpiar, engrasar y mantener siempre a punto el motor de la lancha.

-C: Otra costumbre muy curiosa que tenían las tripulaciones, era dejar en un fondo común, 15 0 20 pesetas cada uno para poder luego “tomar las once”, que es lo que hoy llamamos el aperitivo.

-F: ¡Total! Que cada uno cobraba en mano y en dinero contante y sonante… ¡Y tan ricamente!

-C: Bueno, había algunos que no recogían ellos el dinero directamente, o si lo hacían les duraba muy poco en su poder, pues en la puerta del bar, o inclusive dentro de él, se encontraba su mujer, para recoger la paga “in situ y al momento”, ya que no se fiaba ni un pelín de que dicha paga llegara íntegramente a casa.

-R: Algunas tenían más razón que santas para no fiarse, porque… ¡Había cada “puntu”!

-T: En fin, era otra cosa, y había pocos secretos. Hoy en día las particiones se hacen con computadoras y el marinero y el marinero recibe la paga en un sobre, o por transferencia bancaria, sin saber nada, ni de gastos ni de deudas. Todo lo controla el armador. Inclusive, es este el que cobra, si las hubiere, las subvenciones para la Industria de la Mar, acabándose los tratos y las discusiones, quitándole una cierta humanidad a las relaciones entre las marinerías, ya que ahora casi todo viene impuesto y sin mayor libertad.

-F: ¡Libertad, libertad!… ¿Dónde leí yo que la única y verdadera libertad, es levar anclas y navegar sin pensar en ningún puerto?

-T: ¡Si señor! Pero vámonos para La Barra, a ver qué semblante tiene hoy la Mar.

-C: ¡Venga, vamos!

Buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

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