EL ÚLTIMO TROVADOR

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De nuevo vuelvo a traer a otro de los tipos populares que fue inmortalizado por el gran fotógrafo Baltasar Cué. Esta vez se trata de Don Adolfito, glosado por plumas tan ágiles como la de Ángel Pola o Fernando Carrera.

Este personaje había nacido en Santiago de Compostela y era hijo de un militar; el mismo empezó estudios para seguir los pasos de su padre, pero al parecer unos amores contrariados le hicieron enloquecer, y le dio por andar de pueblo en pueblo dedicando canciones a cualquier moza que se atravesara en su camino.

Y como una suerte de bardo medieval, durante el último tercio del siglo XIX y principios del XX, recorrió periódicamente el norte de España y parte de Francia, desde Bayona de Galicia hasta Bayona del país vecino.

Así, portando como equipaje su inseparable violín, sombrero flexible, un abrigo de verano colgado del brazo izquierdo y una vara fina de metal en el derecho, llegaba de tiempo en tiempo a Llanes, generalmente dos veces al año. En nuestra villa, donde se hizo muy popular, se alojaba en un hostal de la plaza de las Banqueras e inmediatamente, armado de su violín, se echaba a la calle dispensando a todos con los que se cruzaba  saludos, reverencias y requiebros. En cuanto pasaba una joven, le dedicaba una canción:

 

 “Niña bonita sal al balcón,

porque con tu cara bonita

me robas, me robas ¡ay!

porque me robas mi tierna pasión”

 

Pasaba otra, y por ejemplo le tocaba la Marcha Real. No terminaba nada, pero pocos se resistían a darle monedas de cobre. Él, muy  ceremonioso, se agachaba hasta casi tocar con la cabeza la punta de sus alpargatas,  y siempre decía: 

  • -”Este sentimiento lo voy a guardar en el bolsillo del corazón”

 

Cuando sintió cercana la muerte, se acogió en el Hospital Real de su ciudad natal, y antes de morir recobró el juicio y llamando al Capellán le susurró: “Lego a mi pueblo mi violín, mi cayado y mi gabán. Y a la facultad de Medicina: mi cuerpo”.

Cuentan que enterados dos estudiantes de medicina llaniscos que Don Adolfito no tenía ni un pariente ni un amigo para hacerle las exequias que se merecía, reclamaron el cuerpo y sufragaron los gastos de entierro y funeral.

Aquellos dos grandes llaniscos, uno de San Roque y el otro de la Guía, fueron: Ricardo Teresa Robles y Estanislao Fernández-Pola Cué. 

Fuentes: Angel Pola, Fernando Carrera y “El Oriente de Asturias”

 

Imagen, Baltasar Cue

 

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