A propósito de que un exvoto de la Capilla de Santa Ana de Llanes, formaba parte de una exposición en el Museo Marítimo de Asturias, visitamos ese museo, que tiene su sede en Luanco y el cual es muy recomendable recorrer.
Entre otras muchas cosas, me llamó especialmente la atención que hubiera exvotos marineros en pueblos del interior, como el de la ermita de Espioña, en Cimiano, Peñamellera Baja.
Entonces, recordé que, hace unos años, escribí en “Diario del Oriente” un artículo que decía así:
Al amanecer Llanes sumido en una espesa bruma, como aquellas que antiguamente aprovechaban los piratas para desembarcar y saquear los pueblos del litoral, decidimos poner tierra de por medio.
Sin rumbo, al tun tun, llegamos a las cercanías de Panes, y al ver que el sol iluminaba la torre angular del Palacio del Collado de Cimiano, nos faltó tiempo para acercarnos a esa aldea de Peñamellera Baja.
Y si la magnífica edificación de origen barroco, cuya reforma en el siglo XX le dio un aspecto típico de la arquitectura montañesa, llama la atención en la parte alta de ese pueblo de la parroquia de Panes, en la parte baja sorprende otro palacio, reconvertido en un hotel, conocido como El Cierrón de la Condesa o la Abadiega, formado por dos espectaculares cuerpos cúbicos unidos por tres arcadas, destacando en los pisos de arriba sendos escudos de armas.
Dejando atrás el palacio, y sin poder quitar los ojos de los frescos racimos de flores lilas de las glicinas que, desbordados como si quisieran ocuparlo todo, no tenían nada que envidiar a aquellos que pintó Monet sobre su estanque de Giverny, seguimos una señal que indicaba: ermita.
A su encuentro, atravesamos el pueblo, disfrutando de las golondrinas, que volaban como si el cielo tuviera esquinas, y reparando en las casas de mampostería vista con sus aleros muy volados y galerías de madera trabajada, pero sin rastro del templo anunciado.
Aunque recelosos ante el temor de habernos perdido, continuamos el camino entre muros de piedra seca con los bordes orlados de narcisos de un amarillo pálido, jacintos ramosos azules y glorias de las nieves, y de pronto en una pradería, constelada de margaritas blancas y púrpuras, tras un puente sobre un arroyo y entre árboles altos, elegantes y tiesos como velas, se asomó la sencilla ermita de Espioña.
A pesar de estar muy remozada, sugiere su origen románico la casi ausencia de adornos, no faltándole saeteras, canecillos y una llamativa espadaña.Y tampoco una leyenda, que cuenta que un marino extranjero, que había remontado aguas arriba el Deva, se sirvió de un árbol de las inmediaciones de la ermita para reparar su nave, y que más tarde, estando a merced de una tempestad, invocó a la virgen de Espioña, la cual hizo el milagro, dando lugar a que una reproducción de aquel barco se colocara bajo el arco triunfal.
En la actualidad, y desde 1940, se exhibe en la ermita un galeón de tres palos con velas desplegadas y cofa en el palo mayor, que es una reproducción del original del siglo XVIII.
Y es que a veces tenemos conocimientos, pero no somos capaces de conectarlos.
Imágenes, Valentín Orejas y Catalogo de Exvotos Marinos en Asturias del Museo Marítimo de Asturias-Luanco.







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