LA LASTRA

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Fue para nosotros un campo de juego, un lugar de enseñanzas, una tienda de víveres, y sobre todo un verdadero universo de aventuras, que para él quisiera “El Coyote” 

Me estoy refiriendo a “la lastra” esa parte de nuestras costas donde desarrollamos unos conocimientos sobre nuestro entorno, que no creo lo consigan los que nos siguen, pues salvo raras y magníficas excepciones, ver todo lo que nosotros vimos en vivo y directo, a través de la pantalla de un teléfono “a pilas”.

Tiene la maravillosa propiedad de desaparecer con la pleamar, y mostrarse cuando la bajamar llega a su término, es lo que los entendidos llaman la “Zona intermareal” (manda “carayu” que modernos), la franja de litoral que se encuentra entre el nivel máximo de la pleamar y el nivel mínimo de la bajamar, y que alternativamente cubierta por el mar y expuesta al aire, es el lugar propicio para un ecosistema específico, adaptado a la vez a las condiciones que presenta en sus cambios entre el agua y el aire, revelándonos la presencia de invertebrados marinos y, con suerte dependiendo de la época y la zona, de aves limícolas (del latín “limus”, significando que “viven en el limo o lodo”).

Los animales y plantas que habitan en “la lastra”, deben de afrontar una serie de grandes desafíos a los que deben enfrentarse, como son la desaparición del agua (“disecado”), la interrupción en su alimentación, los cambios de temperatura, a veces extremos (sobre todo en verano), disponibilidad de variantes niveles de oxígeno, y el enfrentamiento a la dureza de las grandes y poderosamente agresivas olas, resultantes de las grandes mareas y duros temporales. Todo eso, sin contar que se establecen en espacios muy reducidos.

Como infantil depredador, sin base científica ninguna, ya había diferenciado la lastra por mi conocida en tres zonas bien diferenciadas.

La primera, pero la más peligrosa, era la presentada por la cara Norte del paseo de San Pedro, desde la “Punta de Jarri”, hasta la “Punta del Guruñu”.

Por esa lastra, y con más miedo que vergüenza, andábamos a percebes y mejillones, pues ya no dábamos para más., aunque hacia “La Playina”, junto a “La Nao” (islote “El Peñón), camino de “La Talá”, este barco varado en la arena y escorado sobre su banda de estribor, ya llamaba la atención de los que nos precedieron, y allí sobre los cantos rodados, recogíamos bígaros como castañas, además de encontrarnos con la mayor concentración de cangrejos ermitaños, como nunca había visto.

A una piedra que había junto a la cara norte de la “Punta del Guruñu”, iba yo a mejillones, cuando mi madre los necesitaba para cocinar, o para tomar “las 11” con mis tías. Nunca usé mejillonera, pues procuraba sacar a mano, uno a uno, los que creía más grades y mejores.

Los había de dos clases, los que redondos, gruesos y totalmente cubiertos por excrecencias se confundían totalmente con la roca, y que te dejabas la piel al retorcerlos para sacarlos, o esos otros negros y brillantes como el charol, en los que, afilados como navajas, te podías dejar los dedos. Vaya, que…” Pongasti como ti pongas” …

Cuantas veces entretenido, o queriendo apurar la marea, ya no había posibilidad de salto, y había que volver a nado, doblando la “Punta del Guruñu”, hasta el Sablón

Otra, era la que dejaba “la saliente”, en playas como la de Toró, donde “pocines” y pozas, nos dejaban al descubierto toda una serie de océanos en miniatura, en los cuales podíamos ver un verdadero espectáculo natural compuesto por algas, anémonas, “pecinos”, “càmbaros” y quisquillas, todos ellos llevados a un tamaño de cuento de hadas. Todos menos la pieza principal de “caza mayor”: “el pulpe” … ¡La Mar en tus manos!

Pero la que de verdad disfrutamos por su cercanía, tranquilidad y facilidad de acceso, la que de verdad nos proporcionó sus máximos favores, fue la lastra del abra del Carrocedo.

Comenzaba antes y bajo el puente, donde los más aguerridos iban “a gusana”, cosa a la que nunca fui, porque había que tirar de azada y con un trabajo y esfuerzo, que mi natural condición religiosamente tranquila y vaga (vamos a ser serios) no me lo permitía.

Mas abajo siguiendo el curso del rio, estaban la dársena “Cabo Noval”, y los bajos de La Rula, donde a base de “palote”, sacábamos unas gusanas como anacondas (esa frase es de mi amigo Pedro Conde, alias “Cuchillos”), para después arenarlas con la arena seca del Sablin, y recogidas en botes de hojalata, tenían dos destinos bien definidos, o para pescar nosotros (más gusana que arena), o para vendérsela a los veraneantes (más arena que gusana). Ahí me enseñaron las bases del comercio y trueque

En esa zona, en el pozón que la marea y el rio formaban debajo de la “morrona” de la dársena, se podían sacar anguilas como congrios, y tan ávidas, que para pescarlas ya no utilizabas anzuelos si no querías, pues con una buena y bien prieta “merucada”, las sacabas como si estuvieran pegadas a ella.

Además de las anguilas, nos abastecíamos, sobre todo de los riquísimos “cámbaros”, que llevados a casa y cocidos con sal, eran deliciosos, sobre todo si conseguías alguno que tuviera el vientre de color rojizo, que entonces, con el sabor parecido al de las andaricas, era un verdadero “bocati di cardenali”.

Por último, llegamos al abra de la ría del Carrocedo.

Aquello era otro mundo. En esa lastra, no había tanta vida como en las anteriormente mencionadas, porque a la de la margen izquierda le daba demasiado el sol, aunque así y todo había buenas “llámparas”, algún que otro bígaro, y en los pozos que dejaba la Mar bajo ella, encontrabas concentradas muchas veces buenas quisquillas, que, si eran chicas, para pescar, y si eran ya algo curiosas, para comer.

Recuerdo, que ya acercándonos hacia lo que había sido la “Cabeza del Caballo”, había un pozo, el llamado “Pozu los ballones”, que era un verdadero paraíso en miniatura. Había de todo, hasta tal punto que yo me quedada “amomiau”, contemplando aquel espectáculo. Solo tenías un problema, y era que por su forma de grita ancha (entre 1 m. y 2 m.), y sin demasiada profundidad (yo calculo 1,70 m.), si caías en él, te podías dejar la piel pegada a la roca, tanto la de la espalda como la del pecho.

La lastra de la margen derecha era otra cosa. Las horas de sol eran pocas y la humedad de las rocas más elevada, por lo que era el hábitat ideal para la captura del más buscado de los crustáceos de esa zona: el “cámbaru peludu”, que, con su caparazón ligeramente aplanado, adornado de unas cortas pero fuertes cerdas, y dos potentes pinzas, se protegía metiéndose en el interior de las grietas de la roca donde se encuevaba, de tal forma que tenía que andar uno muy listo para localizarlos. 

 No era nada fácil sacarlo, y para ello, lo mejor era usar el hierro de la cocina, esa barra de hierro larga con la punta en forma de gancho que usaban en nuestras casas para mover las chapas de las cocinas a carbón, las llamadas “cocinas económicas”. Cuantas riñas llevé yo, porque al fin terminaba olvidándome tan sofisticada arma en el fondo de la ría.

Había quien contaba que otra manera de sacarlos era metiendo la mano hasta conseguir que el animal te “agarrara” el dedo índice con una de sus pinzas. Entonces con el pulgar hacías presa sobre el pico superior de la pinza y tirando suavemente, acompañado de tacos y diciendo “pecaos”, lo ibas sacando, poco a poco

Yo nunca vi hacer semejante cosa, primero porque entre todos los “cazadores” no había, que yo supiera, ningún hijo de cristiano que quisiera meter el dedo en semejante sitio, y segundo porque lo angosto de las cuevas te imposibilitaban el meter la mano.

Mención aparte, y en esa zona bajo “La Tijerina”, se encontraba la “Cueva de San Antón”, que, aunque no muy extensa tenía entrada y salida, pero la fría humedad con sabor a salitre y su relativa oscuridad, no hacía que fuera plato de buen gusto para nosotros, y aunque no nos daba miedo, era mejor “escampar”.

Al final de la jornada cinegética, y cuando la “entrante” ya te avisaba de que había que salir de la lastra, entonces era la hora de ir a por el bote, y empezar a salearse por la “Medialuna” y “entremuelles” a remos sordos, siguiendo el cauce de la ría para tener algo más de calado, mientras ibas dando fuertes golpes sobre el plan de la barquilla. En proa se colocaba un arponero, con el tridente en la mano, que en cuanto divisaba un rodaballo que se desplazaba asustado por el ruido de los golpes (era la única manera de verlos), lo ensartaba si era posible, y si no a seguir saleándote

La verdad es que, si el tiempo era bueno, el viento acompañaba y la mar cuadraba, a ese día faltaban horas, no dábamos a basto… ¡Una gozada! 

Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos.

Fernando Suárez Cué

Foto (1). La Nao y la Punta Jarri (1960)

Foto (2). Vista de ‘La Nao’, camino de ‘La Talá’. Foto Ruiz. (1932)

Foto (3). Vista del recientemente construido Paseo de San Pedro (c. 1850)

Foto (4). Entrada al puerto, ya comenzada la construcción de La Barra (1933)

Foto (5). La serenidad que emanaba de la antigua barra, en una tranquila tarde de verano (1970)

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