Tenemos constancia de que en Llanes los bolos era un juego muy popular, basta para demostrarlo el elevado número de boleras con que contaba la villa.
Sin ánimo de ser exhaustiva, hubo en el Paseo de San Pedro y en el Cercáu, que estaba abierta al público y al parecer la frecuentaban los marineros. Tampoco, faltó una en el barrio del Cueto. También, fueron muy populares la de la Bombilla, la conocida como Bolera Cubierta, en la calle San Agustín, que permitía jugar todo el año; la del bar Palacios, la de la sidrería de Quico Gutiérrez, sita enfrente del colegio de las monjas; la de detrás de las antiguas escuelas, la del bar Malzapatu y la de las Marismas. Y la más emblemática de todas: la bolera de la Vega de la Portilla.
Pero lo que hoy pretendo contar, se refiere a una bolera muy singular, y no solo porque fuera de quita y pon, sino por quienes jugaban en ella.
El escenario de la misma era la plazuela de arriba de la Magdalena, allí, en la época de 1889 como límite, entre la esquina de la capilla, que de aquellas no tenía contrafuertes, pero si un poyo largo, y la esquina de la casa que todavía existe en la actualidad, se atravesaba un madero y se convertía la plazuela en una suerte de bolera. Se lanzaban las bolas desde la calle Mayor, que entonces tenía acera, en dirección a la capilla.
Y vamos a lo extraordinario, en aquella bolera improvisada jugaban exclusivamente mujeres, a los hombres no se les admitía ni en los alrededores, como mucho un par de rapacines para recoger las bolas que saltaban el madero y se escapaban a la plaza de la Magdalena de abajo.
Principalmente, eran mujeres mayores de los barrios cercanos que los domingos dedicaban unas horas a este deporte, y que según nos cuenta Vicente Pedregal en una de sus glosas, se servían de bolas mochas y carcomidas y de bolos bastante astillados. Otra peculiaridad era que tiraban las bolas alzando el brazo, como si fueran a tirar una piedra, y las lanzaban con ímpetu de arriba a bajo.
Además, no solo lo hacían para pasar el tiempo, sino que se jugaban un azumbre de sidra (medida castellana que equivalía aproximadamente a dos litros), la cual traían de la cercana taberna del Marqués, y que en los días fríos mandaban calentar.
La costumbre, que llenaba los días festivos la plazuela de bullicio y de alguna que otra discusión sobre jugadas y trampas, fue decayendo a medida que aquellas mujeres fueron desapareciendo.
Y buscando antecedentes de las mujeres jugando a los bolos, nos podemos remontar a los tiempos de la reina de Asturias Doña Urraca, que según cuenta la leyenda jugaba a los bolos con sus cortesanas, siendo los mismos y las bolas de oro.
Fuente, Vicente Pedregal Galguera y “El Oriente de Asturias”
Imágenes, Original IA






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