No tenía yo más de ocho años cuando un tío abuelo me contó que visitando la majestuosa catedral de Colonia le llamó la atención un cofre de enorme proporciones hecho de oro, plata y vermeil, con incrustaciones de cientos de piedras preciosas, esmaltes y figuras de marfil, que se alzaba detrás del altar mayor.

Al preguntar qué contenía aquella suerte de relicario gigante tan ricamente ornamentado le contestaron que albergaba los restos mortales de los Reyes Magos de Oriente.

Ni que decir tiene que, nada más escuchar aquella asombrosa revelación, comencé a interrogar con impaciencia a mi tío, el cual se vio obligado a interrumpir la descripción de la catedral gótica sita a orillas del Rin, y pasar a relatarme lo que a mí se me antojaba fascinante, que como pueden imaginar era la historia que había llevado primeramente a  descubrir que fue de los tres Reyes Magos y posteriormente a localizar sus restos en un lugar tan alejado de sus reinos.

Él, como siempre, encontró las palabras, y durante un buen rato solo tuve oídos y corazón para la entretenida y detallada narración del tortuoso, largo y rocambolesco viaje de las reliquias de los misteriosos y soñados personajes.

Así, pude conocer que aquel periplo empezó en el año 300 de nuestra era, cuando la emperatriz Elena, santa de la Iglesia católica y ortodoxa, madre del emperador Constantino, halló en la ciudad de Saveh, Persia, los sarcófagos de Melchor, Gaspar y Baltasar. 

Aquella emperatriz, que está  considerada como la primera arqueóloga de la historia, los trasladó a Constantinopla, ciudad en la que permanecieron los reverenciados restos hasta que fueron regalados al obispo de Milán, San Eustorgio, que los transportó a la lejana sede de su diócesis, siendo guiado, según la leyenda, por la misma estrella que mostró el camino a Belén.

Allí, Sus Majestades de Oriente descansaron durante varios siglos, pero en el año 1164 su reposo fue perturbado por el emperador Federico I Barbaroja, que tras saquear gran parte del norte de Italia se los llevó consigo a Colonia, donde, para guardar las veneradas reliquias, se levantó la catedral más grande de Alemania.

De esa manera, a través de aquella mezcla de historias, leyendas y tradiciones seguí la pista de los Reyes Magos, a los que había dejado emprendiendo el camino de vuelta a sus tierras sin pasar por Herodes, como el ángel les indicó.

Imágenes, Valentín Orejas» 

La adoración de los Reyes Magos» del altar mayor de nuestra Basílica

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