AÑO 2012, RECUERDOS MARINEROS

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BUCEANDO EN “EL ORIENTE DE ASTURIAS” AÑO 2012

A través de mi abuela, que había nacido en 1906 y tenía profundas raíces llaniscas, conocí de primera mano historias de Llanes. Hace ya tiempo que lamento no haber escuchado con más atención y también que algunas de ellas, sin duda por el paso del tiempo y mi tendencia a fantasear, estén distorsionadas en mi memoria.

La mayoría me las fue contando en la Tijerina, parada obligatoria cuando la acompañaba en su paseo habitual, desde nuestra casa de Las Barqueras al tendedero. La Tijerina, de la que era socia y por lo tanto tenía llave, era para ella como una segunda casa y se convirtió en un lugar mágico para mí. Recuerdo que me decía que había sido construida por fases, levantándose primeramente, allá por el año 1888, la planta baja central, e insistía en que no solamente era una sociedad recreativa y un lugar en el que “se cortaban trajes”, sino que tuvo una función crucial en el salvamento de náufragos y prevención de accidentes. Allí, mientras yo miraba por el catalejo y observaba el barómetro que un día sí y otro también, anunciaba tiempo variable; me describía naufragios, galernas, salvamentos, hallazgos en el mar, el sistema de pesca llamado manjúa en el que colaboraban los tolinos, la pesca con luz, las marracanas, la abundancia de bocartes, los bramidos que salían del pozu del Alloral, la casa de baños, la mareona y muchas otras historias, anécdotas y curiosidades que tenían que ver con el mar y los marineros, por los que ella sentía gran admiración. Solía comentar que estas gentes, siempre pendientes de la marea, por las condiciones particulares de nuestro puerto, tenían gran predicamento y que arriesgaban sus vidas desinteresadamente.

Estamos en el 2012 y me resulta muy penoso ver el grado de abandono en que se encuentra actualmente el edificio que albergó una de las instituciones más antiguas y queridas de La Villa. Confío en que algún día lo restauren y recupere su antiguo esplendor.

Mi abuela también me contagió su simpatía por La Compuerta, y me solidaricé con la preocupación que sentía por su futuro y la acompañé en el disgusto cuando se procedió a su derribo. Ella, que había sido testigo de su construcción y contemplado cómo la plancha de hierro estuvo muchos días apoyada en el muelle del Sablín, consideraba que La Compuerta otorgaba identidad al puerto. No entendía, yo tampoco, esa costumbre de acabar con lo que no estorba y oponía a su falta de utilidad -nunca fue operativa-, y escaso mérito artístico, un valor imposible de cuantificar, el sentimental, para ella indiscutible e irreemplazable.

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