CABU LA MAR

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Cuando decidí que no terminaría el año sin acercarme al Cabo de San Antonio, esa lengua de tierra que penetra en el mar, que corta el agua, conocido popularmente por Cabu la Mar, donde hacía una eternidad que no ponía los pies, no me imaginaba que ese ameno camino, bajo un tibio sol de invierno y con la hierba todavía brillando por el rocío, estaría tan salpicado de historias y recuerdos de mi remota niñez.

Así, al dejar atrás Cuevas del Mar, playa en la que aprendió a nadar mi padre – nacido en la capital del valle de San Jorge- me acordé de la decepción que sufrí con la explicación de que las formas tan singulares de las rocas, oquedades y cuevas de ese arenal eran consecuencia de que la caliza se disuelve con el agua, y por lo tanto nada tenían que ver los duendes, las xanas y los dragones. Y es que, de aquellas, en mi universo me costaba hacer hueco a la realidad. 

Siguiendo un sendero entre pastizales y con el pensamiento en pretérito, llegué  a la preciada  playa de San Antonio, esquiva, recóndita y con las aguas tan cristalinas que parece que nunca nadie se ha bañado en ellas. Entonces, me vino a la cabeza que   me contaron que allí, en los albores del siglo XIX, habían varado, sin saber la razón, aproximadamente cuatrocientas marsopas, una suerte de pequeños delfines a los que en esta zona llaman bufandos.

Luego, a la vuelta de la esquina, digo del acantilado, sobre Puertu Cerrau recordé que de cría la diminuta cala de paredes verticales se me asemejaba en la pleamar a un cajón secreto.

Después, subiendo despacio y con atención por la dificultad de transitar por el puntiagudo modelado kárstico, y sorteando a las cabras que, colgándose de las rocosas cortadas, parecía que se mofaban de mi torpeza, alcancé la ermita de San Antonio. En esa pequeña capilla reposa, junto a sus familiares, Ricardo Duque de Estrada y Martínez de Morentín, Conde de la Vega del Sella, benefactor, naturalista, historiador, escritor, político y arqueólogo, al que le debemos, entre otras cosas, la definición del Asturiense, cultura entre el paleolítico y neolítico, que se manifestó en cuevas próximas al litoral del Oriente de Asturias. La ermita, rodeada de ramosos tamariscos que entretienen al viento para protegerla, posee la humildad de no intentar competir con el paisaje. Desde ella, me quedé extasiada ante un horizonte infinito de azules. Al volver en sí columbré Cantabria al este, al oeste Lastres y a la izquierda el Sueve; y al fondo, a contraluz, detrás de la sierra del Cuera, los Picos de Europa, también azules, con el Uriellu como enseña.

Al regreso, a través de Picones, pueblo al que pertenecen estos incomparables parajes, pensé que no pudo el Conde encontrar mejores vistas.

 

Imagen, Valentín Orejas

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