El día 8 de octubre, ir a ver pescar calamares, actividad a la que estoy totalmente enganchada, tenía para mí un significado especial, un aliciente añadido: la lluvia de estrellas de las Dracónidas. Llamadas así, pues parecen radiar de la constelación del Dragón, el protector de las manzanas del árbol de Gaia, del jardín de las Hespérides, que profanó Hércules en una de sus múltiples tareas.
Cuando nos instalamos en nuestro ya familiar acantilado de Andrín, el atardecer se mostraba cálido y perezoso bajo un cielo de azules saturados y nubes altas de nítidos contornos.
De pronto, ante nuestros ojos apareció una manada de delfines oscuros y brillantes nadando velozmente del este al oeste, con sus crías protegidas entre ellos. Al pasar frente a nosotros, como si supieran que los estábamos contemplando y quisieran lucirse, comenzaron a hacer acrobacias, saltando, realizando buceos cortos, dando golpes de cola, de aleta pectoral, representando una suerte de acompasado baile. Los perdimos de vista a la altura del castro de la playa de Ballota, al parecer
posteriormente fueron avistados desde el paseo de San Pedro.
Después, con los últimos rayos de sol ocultándose, el cielo, como si se tratara de un pedazo de cielo distinto del anterior, cambió, tornándose primeramente rojo y luego del color del azafrán, volviéndose violeta en el instante previo a que cayera el telón que separó definitivamente la tarde de la noche.
Entonces, recostada en mi silla, al tiempo que pensaba que aquel lugar desprendía tanta tranquilidad y quietud que era imposible que nada malo pudiera suceder jamas allí, me concentré en la búsqueda de estrellas fugaces, de bengalas cósmicas como yo las llamo. No vi ninguna Dracónida- quizá los delfines no sólo espantan a los calamares sino también a los dragones-, pero no me importó nada, con el atardecer de mil colores en cascada y los tolinos, aunque nos hubieran
dejado sin pesca, tenía más que suficiente.
A la vuelta, mientras intentaba convencerme que todo lo que tuvimos a nuestro alcance no fue un sueño, ni siquiera una ilusión óptica, como si aquel atardecer de otoño no nos hubiera hecho ya suficientes y preciosos regalos, un corzo asustado y grácil, con una incipiente cuerna y el pelaje del color de las castañas, se cruzó a nuestro paso cuando salíamos de Andrín.
Del libro “De la sorpresa a la emoción”






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