Por Nelson

El reconocimiento de ciertas dignidades a los animales, no es una cuestión novedosa o propia del estrambótico mundo que proclama actualmente el partido animalista. Desde siempre los hombres desarrollamos una inestimable afinidad con el mundo animal, hasta el punto de considerar a muchos  parte primordial de nuestro “alter” y amarlos cual si se tratase de nuestro mismísimo prójimo o aún más.

Así, los relatos para nuestros infantes ya sea en la literatura o en el cine, especialmente en los dibujos animados, donde era fácil recrear el entorno más imaginativo posible, están cuajados de animales protagonistas humanizados,   que viven o padecen las vicisitudes un un mundo no siempre fácil, en que tienen que vérselas con los más despiadados enemigos de su especie o los más tercos amos, a los que tienen que aprender a “despistar” para llevar a cabo sus instintos mas clásicos.

Yo pertenezco a la generación de Donal, Pluto, el Oso Yogui, Loquillo, Silvestre, Tom y Jerry, el pato Lucas, Porky, Don Gato, Guffy… Por citar algunos ejemplos, terrestres; pero sin lugar a dudas en el mar nuestros grandes allegados han sido y serán siempre los Cetáceos, a los que por sus destrezas exhibidas en los zoos acuáticos del mundo, se les considera cuasi humanos como el caso del delfín Flipper o la orca Willy…..

Los cetáceos siempre han tenido ascendencia entre los hombres de la mar, pero los documentos descubiertos en el Archivo Histórico Provincial de Oviedo referentes al día 8 de septiembre del año del Señor 1624 y firmados por el escribano del rey Felipe IV, Xuan Valdés, muestran hasta que punto los humanos de aquella época tenían en consideración a estos animales.

En concreto, este histórico episodio refiere a una plaga de Calderones, que cuando iniciaron una temporada de abuso desmesurado de su cuota de Sardina y Xarda en la costa de Candás, vaciando los caladeros del mítico puerto astur, y a la vez las marmitas y los marmitacos de las cocinas de aquellas gentes de mar, produciendo un grave desabastecimiento en la rula de la época,  no fueron declarados enemigos u objeto de una cacería indiscriminada por parte de la flota candasiense; sino que como “seres complejos” con derechos, pero también obligaciones, y dignos de respeto, fueron requeridos legalmente y llevados ante la justicia de más relieve que existía en aquellas épocas de fe; la única, que a entender de los marineros de Candás, respetarían a buen seguro los Calderones imputados. La Justicia Divina.

Así cuentan las crónicas, que cuando por Acuerdo imaginamos del “Gremio” aún no Cofradía, del puerto de Candás, los pescadores decidieron llevar a los Calderones a pleito; para lograr tal fin, los demandaron ante el párroco de Candás, quien se dirigió al obispo de Oviedo, Martín Alonso, exigiendo justicia ante los desmanes cometidos por los cetáceos contra sus feligreses. El obispo de 

Asturias con residencia en la capital, decidió entonces tomar cartas en el asunto y recurrir a la incipiente Universidad de Oviedo, para lograr así la equitativa representación judicial, que abogase en defensa de las partes contendientes. 

La Universidad que era entonces una institución plenamente confesional, católicamente hablando, se puso al servicio de tan noble causa y  nombró para la ocasión como abogado defensor de Los Calderones a Don Juan García Arias de Viñuela, y como fiscal acusador de parte de “los nuestros” a Don Martín Vázquez, catedrático de Prima de Cánones, suponemos que ambos con escasos conocimientos sobre el inexistente derecho marítimo costero, que se regía entonces por la costumbre y los principios generales de la buena fe y el respeto mutuo, más que por la Ley. Como Juez se delegó en un clérigo de la Santa Inquisición

El señalamiento y la vista del juicio se llevó a cabo el 8 de septiembre de 1624 cuando los representantes de todas las partes se embarcaron en un navío, junto con el Juez inquisidor; varios  testigos y el escribano Juan Valdés, poniendo rumbo al caladero frecuentado por los calderones.

Cuenta el escrito del sumario, que iniciado el acto, tomó la palabra el abogado defensor, que expuso que los animales, criaturas de Dios, tenían derecho a alimentarse y que los delfines estaban antes en aquellas zonas que los pescadores candasinos. El fiscal replicó que aquella era la zona de pesca de los marineros de Candás y que por tanto tenían mayor derecho sobre aquellas aguas.

Sabemos por los considerandos o hechos probados, que la dramática desaparición de las sardinas era debida a los Calderones ; pero no de los resultandos o fundamentos jurídicos que se aplicaron para tomar la decisión inapelable.  Lógicamente, y como era de esperar, el juicio finalizó con la condena de los pobres calderones, para lo cual, el clérigo, hisopo en mano, procedió a leerles la resolución de la “justicia”, conminándoles a desistir de sus ataques y abandonar aquellas aguas, so pena de condena a los infiernos. Tras esto regresaron a puerto, satisfechos por el procedimiento judicial y en espera de si los delfines cumplirían la condena, que según cuenta el cronista a los 11 años del suceso; nunca más volvieron a asomar sus hocicos por aquellas costas; al menos en avistamientos masivos o perturbadores.

Aunque pueda parecer increíble, y muchos la tengan por leyenda, esta historia fue recogida en un documento escrito por el Escribano anteriormente mencionado, que fue encontrado en el Archivo Histórico Provincial de Oviedo en 1980 por el cronista del concejo de Carreño, del que es capital Candás. En conmemoración de este suceso el escultor Santarúa creó una estatua que se puede contemplar desde 1982 en el parque Maestro Antuña de Candás.

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