EL NOMBRE DE LA EMBARCACIÓN

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Los antiguos marinos solían decir, cosa que también yo creo, que los barcos tienen su propia alma, por lo que el nombre que se le va a poner al barco es tan importante, que se analiza, según creencias y situaciones, hasta imponerlo, pero procurando no tentar a malignas energías que pudieran ser perjudiciales para su vida sobre las aguas.

Se consideraba alentar al mal tiempo y negativos vientos si se elegían nombres como “Huracán”, “Rayo” o “Tempestad”, aunque es cierto que este tipo de nombres, acostumbraban a ponerlos a sus barcos personajes como filibusteros, piratas y bucaneros, tanto para demostrar que eran los “Señores de las Mares”, sin miedo a nada, como para imponer un cierto terror entre el resto de los navegantes. Curioso es el caso de los  escandinavos, sajones y vikingos, que no que bautizaban a sus barcos, pero en cambio los mascarones que decoraban la proa de sus “drakar” (dragones), eran figuras realmente impresionantes, según nos han relatado en sus “sagas”, con el fin  de aterrorizar a sus enemigos.

Hay nombres que suelen gozar de una mala reputación, como es el caso de los de reptiles en la Armada inglesa, ya que se dio la circunstancia, que ciertos barcos que portaban esos nombres sufrieron una serie de hundimientos, aunque por supuesto nada tenían que ver esos accidentes con el nombre, pero la superstición se pone en movimiento y resulta imparable.

Era muy común el bautizar a los barcos, tanto en la Armada como entre los pescadores, con nombres de vírgenes, santas o santos, con el fin de ponerlos bajo su protección. Hoy día, se usan más nombres toponímicos, que recuerdan una ciudad o resalte natural de las costas.

Por último, hay que decir que también daba mala suerte el cambiarle el nombre a un barco. ya que, al tener un alma, su nombre se fija en el registro de los mares, o para ser más precisos en el “Registro de las profundidades”, que es el mismísimo Poseidón el que lo controla, y cuida, por lo que cambiar el nombre sin decirle nada al jefe y los otros dioses, significaba hacerles una falta muy grave exponiéndose a su salvaje furia y terribles castigos, entre ellos la pérdida de la propia vida. 

Esta explicación no parece ser la única, pues otra, entre lo humano y divino, era la costumbre de bautizar en la iglesia el “Mascarón de proa” de los grandes veleros con el nombre dado a la nave, o el último “Pentagrama” o “Estrella Flamígera”, que desde tiempos remotos se utiliza en ceremonias mágicas como elemento protector, pues los espíritus de las tinieblas carecen de poder ante ella.  

Es curioso destacar que se consideraba que la mujer tenía poderes especiales sobre la Mar y por eso el mascarón solía representar la imagen de una mujer vestida o semivestida por la creencia de que una mujer desnuda podía apaciguar tormentas, y sobre todo distraer a los dioses, pero había un problema, y es que, al ser la única mujer a bordo, el cambiar el nombre del barco, daba lugar a los celos de la mujer, que traicionada, podría en represalia hundir el barco.

Por todo eso, no se debía cambiar jamás el nombre con el que había nacido el barco.

Buena Mar y hasta la vista amigos.

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