Con el fin de que pudieran las lanchas permanecer en el Puerto sin peligro alguno, se construyó una compuerta en el año 1932, colocándose al año siguiente. 

Cuentan que costó mucho instalar la plancha de hierro, la cual estuvo muchos días apoyada en el muelle del Sablín, lo que obligó a que todas las lanchas estuvieran fuera para no interrumpir los trabajos.

A pesar de que nunca entró en funcionamiento, según dicen porque no llegaron los motores, fue testigo durante 61 años de la vida del Puerto y de la Villa, lugar favorito de los rapaces para lanzarse emulando a los saltadores de la Quebrada de Acapulco, y de famosas anécdotas, como la protagonizada por el recordado y célebre Pedrito Galguera, que llegó a vendérsela, manifestando que era suya, a un industrial vasco.

Era la señal de identidad del Puerto. No había otra como ella en el Mundo.

 

Texto, Maiche Perela Beaumont

Imagen: Archivo Fernando Suárez Cué

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