El miércoles, día 12 de Julio de 1961, quedará en los anales de la historia del Cantábrico, como el recuerdo de una de las tragedias más indeleble de nuestro sector pesquero, debido a que se produjo una de las galernas más destructoras de nuestra historia 

Como punto de partida diremos que la galerna es un fenómeno meteorológico, que, debido a las peculiares características de nuestras costas, solo se da en el Cantábrico, siendo usual de las costas de Asturias, Cantabria y País Vasco, y ocurre al encontrarse dos corrientes de aire, una compuesta de un caliente viento del sur o suroeste, y la otra un viento muy húmedo y frío del noroeste.

El viento del sur al encontrarse con la cordillera cantábrica se eleva para descrestarla, creando una especie de succión sobre la zona que se encuentra al norte de esta. Si en ese momento, coincide con la entrada de un noroeste frío, la cordillera lo obliga a rolar hacia  este, en una acción combinada de ambos vientos que empiezan a girar en una especie de espiral, que crea la aparición de la denominada galerna, que se precipita en un periodo inferior a dos horas, oscureciendo rápidamente el cielo, con una brusca caída de la temperatura (entre 12ºC y 14ºC), con vientos muy fuertes, de entre 40 y 50 nudos (es decir fuerza 9 en la escala Beaufort), de intensísimas ráfagas que superan ampliamente esta velocidad, lluvia torrencial y enarbolando la Mar hasta presentarla totalmente blanca de espuma. Una dantesca imagen que horroriza como si fuera el mismísimo infierno.

Este fenómeno, en sí, no es de larga duración en el tiempo, ya que a menudo dura pocas horas, aunque sus efectos son siempre devastadores, pero en aquel caso, comportándose de una manera inusual y extraordinaria, las condiciones extremas de la Mar se prolongaron durante tres días, de forma que la lucha por regresar a puerto se produjo en pésimas condiciones.

El día anterior, o sea, el martes 11 de julio el boletín diario del Servicio Meteorológico Nacional, perteneciente al entonces Ministerio del Aire, publicaba así su predicción para el día siguiente: 

“Un frente nuboso cruzará rápidamente la Península penetrando por Galicia. A su paso se producirán chubascos, en ocasiones tormentosos, y se intensificarán los vientos racheados. Posteriormente, las temperaturas experimentarán un apreciable descenso. Hay riesgo de temporal del norte en el área de Finisterre, y más tarde en el Cantábrico y Vizcaya” 

La advertencia no resultó eficaz, porque pocos barcos contaban por aquellos tiempos que radios fiables (los famosos “chivatos”).

Transcurrido el tiempo, hoy día hay muchos marineros que, debido a su edad, no vivieron aquellos dramáticos momentos ni las condiciones en las que se produjeron, pues aparte de la enorme y salvaje furia de la Mar, la fragilidad de sus lanchas y barcos y las casi inexistentes previsiones meteorológicas de esos tiempos, dieron como resultado una serie de datos totalmente estremecedores.

La Mar se cobró, en toda la Cornisa Cantábrica, con la vida de 83 pescadores muertos, de los cuales, el mayor tributo fueron los 34 gallegos y los 23 asturianos (entre San Juan de La Arena y Avilés sumaron 20 muertos o desaparecidos), seguidos por las 15 almas entregadas por vascos y cántabros, dejando un total la desoladora y triste de 53 viudas y 126 huérfanos. Fueron 83 los pescadores muertos en toda la 

Ahora bien, la circunstancia que contribuyó, probablemente, a aumentar la tragedia, en que esos días estaban los barcos faenando en plena campaña del bonito, con muchos barcos de bajura, de los que habitualmente entran todos los días a puerto con sus capturas.

Muchas embarcaciones se encontraban haciendo mareas más largas a más de dos días de tierra firme y como hemos dicho la galerna se desencadenó básicamente, durante la noche del día 11 al día 12, sorprendiendo a muchos de los pescadores pues se encontraban descansando tras una dura, pero tranquila, jornada de pesca, 

Las malas condiciones de la Mar no dieron tregua durante todo ese tiempo, convirtiendo en titánica y desesperada la lucha por alcanzar un puerto de refugio.

La galerna de 1961 se pudo leer en los periódicos del 10 de julio de 2011, ya que, “cambió el diseño de los buques de pesca, erradicó los barcos con máquinas de vapor en el Cantábrico y llevó a que las autoridades españolas de la época se tomaran algo más en serio aquello de las predicciones meteorológicas y de los sistemas de seguridad en la flota”.

Pero si algún recuerdo positivo ha dejado, tal como aparece reflejado en la misma crónica, es “la solidaridad mostrada por la gran familia marinera”, tanto en la Mar, que posibilitó el rescate de buen número de náufragos, como en tierra, al compartir el dolor con los familiares de las víctimas y contribuir así a aliviarlo.

 En su mayor apogeo, la galerna presentó olas de más de diez metros y vientos de hasta 150 kilómetros por hora, provocando el hundimiento a una serie de barcos como fueron el “Águila del mar” (de doce hombres solo dos supervivientes), el avilesino “La Fea”, con ocho víctimas, el “Campo Eder” con tres, el “Josefina Rodríguez” de Candás, o el “Hermanos Rentería”, entre otros.

En algunos casos, por el contrario, todos los pescadores del “Padre Nazareno”, de San Juan de la Arena, lograron salvarse, aunque se hundiera el barco, al ser rescatados por un pesquero francés.

Respecto a nuestro puerto, se lamentó la pérdida del pesquero “Peñil” de Niembro, con una víctima, el pescador Benjamín Llaca Suances

Días después, al padre de tan desafortunado marinero, el señor Dn. Antonio Llaca del Toro, la entrega del denominado “Socorro inmediato”, consistente en la cantidad de 16.500 ptas., para posteriormente entregarle la cantidad equivalente a dos años de salario.

Han pasado ya más de 60 años, pero el recuerdo de la tragedia es indeleble en la memoria del sector pesquero, de familiares y compañeros de los desaparecidos, así como los supervivientes.

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