LAS LLÁMPARAS

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Me he preguntado que os iba a explicar que vosotros que no sepáis de este gasterópodo marino, uno de los consumidos por el hombre desde los tiempos más remotos, tal y como lo atestiguan los concheros hallados por los prehistoriadores en los yacimientos prehistóricos ubicados en cuevas de las zonas costeras habitadas por nuestros antepasados en el periodo Asturiense.

Por cierto, uno de los cuales vi que estaba en una cuevina que hay sobre la playa de Toró, y que ha quedado oculta por el restaurante “El Mirador de Toró”.

Como el resto de los moluscos la llámpara contiene muchas proteínas, es baja en grasas y aporta muy poco colesterol en comparación con otros mariscos, y que además contener vitaminas A y B, tiene una alta cantidad de hierro, así como fósforo, potasio y sodio, entre otros.

Sobre su forma, como bien sabéis, y aunque en los primeros estadios de desarrollo del animal la concha tiene forma espiral (como la de los bígaros), al final presenta una concha no espirada, cónica con un apéndice central (forma de sombrero vitnamita), más o menos aplastada de espesor variable, lisa verrucosa o marcada por unas costillas radiales más o menos prominentes,

Alrededor del manto (tejido que se une a la concha en la región ventral); presenta una zona de tentáculos paleales de diferentes tamaños, y su cuerpo presenta una zona cefálica totalmente diferenciada, provista de un par de tentáculos en cuya base se encuentran los ojos, y en cuyo extremo se abre la boca. Recuerdo cuando les apretábamos la “barriga”, para hacerle sacar la cabeza y los cuernos, presentando una figura a la que llamábamos “el criu”, porque me recordaba mucho a un bebé en la cuna.

Dentro de la boca y en la parte anterior del tubo digestivo se encuentra la rádula, una especie de lengua rasposa cuya superficie se encuentra provista de numerosísimas filas transversales de diminutos dientes radulares, y que es un órgano característico de los moluscos. En las lapas, cada fila consta de trece dientes, uno central y doce laterales (seis a cada lado), de los cuales los tres más internos son más robustos que el resto, con sus ápices color oscuro, mientras que los tres más externos, llamados dientes marginales, son más claros y menos robustos

El pie, robusto, presenta una forma de disco que además de permitirle el desplazamiento, actúa también como una potente ventosa, proporcionándole una fuerte sujeción al sustrato.

Todas las especies son litorales, y se adhieren fuertemente a las rocas ajustando la concha de tal modo que pueden permanecer fuera del agua durante la bajamar sin peligro de desecación.

Me acuerdo, cuando antes no teníamos tantas prohibiciones (acordaros de la época de prohibido prohibir), y Teresina mi madre, me decía, “Fernandín, tráeme unos mejillones para…” y ahí podía ser para hacer un arroz, o para tomarlos antes de comer (tomar “las once” como se decía antes el aperitivo), para matar el gusanillo.

Marchaba andando por la roca hacia la “Punta del Guruñu” donde en su cara norte y después de saltar a una plataforma que allí había separada totalmente de la lastra, me encontraba con unas extensas piñas de mejillones de primerísima calidad, esperando que los fuera cogiendo uno a uno. Los había negros como el azabache, pero afilados como navajas, por los que en un momento te podías dejar los dedos (cuantos cortes llegaría yo a recibir), mientras otros eran panzudos y redondos tan totalmente cubiertos de depósitos calcáreos, que los podías confundir con la misma roca.

Una vez metidos en la bolsa de tela que llevaba para tal recolección los que creía convenientes para consumir en casa, volvía hasta el Sablón, esta vez por el agua, pues después de estar rebizcando por la lastra, era mucho más agradable volver a nado.

Preparados los mejillones hervidos (estaban riquísimos cuando los ponían encima de la plancha de la cocina de carbón), lo que de verdad me gustaba, eran las pequeñas “llámparas” que venían pegadas a ellos y que al cocerse de habían soltado, presentado un sabor a Mar y una textura de lo más agradable.

Algunas veces, cuando nos apetecía tomar solo llámparas, íbamos a ellas a la Medialuna, a la Barra, o a la Cueva de San Antón, pues en cualquiera de estos puntos, estos moluscos eran enormes y fáciles de coger si podías empujarlas por sorpresa y hacerlas saltar antes de que se pegaran, pues si no eras lo suficientemente rápido se pegaban a la piedra y entonces sí que había que usar la navaja u otro instrumento afilado para despegarlas.

Hace tiempo que no las pruebo. Las dos últimas veces que las tomé, una fue en Lanzarote, pues en las islas Canarias parece que es bastante común comer lapas, siendo allí donde las degusté varias veces al estilo canario, o sea, a la plancha y con mojito verde.

La otra vez fue en Funchal (Madeira), donde las tienen como una especialidad de la cocina madeirense, consistiendo en cocer las lapas vueltas hacia arriba, en una sartén especial para ello, reforzando su gusto salpicándolas con limón. Se acompañan con “bolo do caco” (“pan de caco”), elaborado con harina de trigo, puré de boniato, masa madre (o levadura fresca), sal y agua.

No recuerdo haberlas visto servir en ningún bar o restaurante de la Villa, aunque fue un plato con bastante tradición entre nosotros, pero no sé por qué decayó de mala manera. Lo que sí recuerdo fue el oír decir es que las llámparas eran comida de “probes”, y de tiempos de nuestra postguerra civil. Una pena porque lo que es a mí me encantan, pero como ya he dicho, aunque es un manjar riquísimo me parece que hoy en día, está poco reconocido, por no decir casi nada, en nuestra cocina.

Una vez Alfonso Díaz Cué (el “Negrín”), me comentó que su madre Antonia Cué Inés (Antona “la Chula”), las preparaba riquísimas, no sé si a “La llanisca”, o a “La sidra”, o si los dos platos eran lo mismo, la verdad es que no me acuerdo, pero me decía que estaban como para darle sentido a la vida.

Buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

Bibliografía

“Asturnatura”

“Enciclopedia temática de Asturias”

“Enciclopedia general del Mar”

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