PESCADORES

por

(Dedicado a  todos aquellos que en la Mar nos precedieron)

Muchas veces hemos hablado de barcos de pesca y de sus logros y vicisitudes por nuestros mares y puertos, pero todas estas historias que hemos relatado no tendrían significado alguno y, por supuesto no serían completas, si no hiciéramos referencia a esos hombres que a través de los tiempos han vivido sobre sus bancadas y cubiertas, en pos de lograr la mejor vida posible para sí y para los suyos, y no nos equivocamos cuando decimos que vivían porque para ellos su barco además de ser la principal herramienta de su trabajo y su medio de vida, era su segundo hogar, era donde pasaban la mayor parte de su dura existencia, era el centro de casi todas sus preocupaciones y anhelos, en condiciones muchas veces extremas y jugándose la salud y la vida en muchas más veces de las que en otros oficios es difícil de imaginar. 

Vivían y trabajaban sobre algo vivo, sobre algo de lo que estoy convencido tiene vida, pues todos los barcos cuentan con su propio carácter y su propia alma, de forma, y eso lo sabe bien quien ha navegado, que en condiciones semejantes y con mares iguales, sean calmas o bravas, cada barco reacciona de forma distinta … ¡Ese es su carácter!… ¡Esa es su alma!

No es fácil patronear un barco que no conoces, tienes que conocerlo, comulgar con él y mimarlo, tratarlo con suavidad. Cuando coges la caña de un barco hay que hacerlo de la misma forma con que cogerías a un jilguero, lo suficientemente suave como para no ahogarlo, pero lo suficientemente fuerte como para que no se te escape. De esta forma el barco se te confía, te acepta y entonces el binomio patrón-barco llega a entenderse sin necesidad de hablar, y a conseguir una confidencialidad casi imposible de describir.

¿Nunca habéis visto a un patrón hablar con su barco? … ¡Estate quieto!… ¡No bailes!… ¡Pórtate bien!… ¿Pero qué haces?… ¿A dónde vas?

Debido a esta relación, devino la aparición en la sociedad de un nicho muy peculiar y totalmente distinto del resto de los grupos sociales conocidos. 

A estos hombres la necesidad de subsistencia les llevó a enfrentarse a la mar, a vivir junto a ella en lugares que tradicionalmente eran insalubres y peligrosos pues nunca se sabía que sorpresas y azotes se podían presentar en su quehacer diario, al solicitarle todo lo necesario para vivir a pesar de los grandes riesgos que ello conllevaba, por lo que al final su sociedad fue una sociedad cerrada, con palabras, necesidades y sentimientos que nada tenían que ver con el resto de grupos como aldeanos, artesanos o comerciantes, de forma que lenta pero inexorablemente, las costumbres y hábitos de los pescadores tuvo como fin el casi total aislamiento de las familias, y para colmo el lenguaje que usaban evolucionó de tal forma que los individuos de tierra adentro desconocían totalmente, y como el hombre casi siempre recela de lo que no conoce, este recelo se instauró alrededor de la vida del pescador.

En las costas del Cantábrico, abruptas y escarpadas por su propia constitución, los centros urbanos en su mayoría se encontraban cercados por espesos bosques donde las comunicaciones terrestres eran harto complicadas y en algunos lugares casi imposibles, por lo que se consumó el que estas comunidades estuvieran cada vez más aisladas y el pescador llegara a convertirse en un extranjero en su propia tierra, y su léxico se hizo tan particular y tan difícil de ser absorbido por el idioma común de la región,  que hoy en día las palabras, frases y expresiones que usan son casi inteligibles para el terrestre, hasta tal punto que para designar un mismo arte u objeto pesquero, en lugares tan próximos como Lastres, Ribadesella, Llanes o San Vicente se utilizan vocablos diferentes, demostrativos de las autosuficiencias de los distintos asentamientos.

Como resultado de esta ancestral marginación aparece una cultura pesquera que se desarrolla en los barrios de pescadores, “el barrio” a secas, donde refugiándose al final de la faena, se distrae y descansa en sus propios bares y aplicando sus devociones, y porque no decirlo sus supersticiones, entre amigos y camaradas en organizaciones particulares llámense Hermandades, Cofradías, Institutos Sociales u Hospitales del Mar.

Las familias se entienden como clanes, y en su jerarquía no hay que olvidar jamás que mientras el hombre se encarga de extraerle a la mar sus riquezas, detrás de él se encuentra una mujer fuerte y valerosa que lleva el peso de la organización familiar, la vivienda, su economía, el cuidado de la prole y además son las encargadas de sacar al mercado, esté donde esté, los productos conseguidos con tanto esfuerzo.

Estas comunidades, como hemos dicho, son casi autosuficientes pues su misma composición se efectúa de las tres siguientes maneras.

La primera y la más importante era familiar, que se abastecía de los hombres del sector.

Se era pescador porque su abuelo lo había sido, su padre lo era, sí como lo eran sus hermanos primos y amigos, saliendo de este entorno el ochenta por ciento de los pescadores de bajura que habían llegado así a la mar, demostrando de esa forma la escasa movilidad social que imperaba en este sector.

Se decía que “en los pueblos costeros se aprendía a remar y a empatar anzuelos antes que a saber leer y escribir”.

La segunda, y sobre todo en el día de hoy debido las nuevas leyes y modernas técnicas empleadas, se salen de las Escuelas Náutico-Pesqueras, porque, aunque la mayoría salía de un entorno familiar con mayor o menor contacto con la mar, es muy difícil encontrar espontáneos que se dediquen a este oficio, si no es de una forma pesquero-deportiva más o menos intensa.

La tercera está facilitada por condiciones dadas por la misma Naturaleza: hombres fuertes y ágiles.

Estos siempre son necesarios a bordo de un pesquero y serán bien recibidos en todo barco que necesite brazos musculosos, ya que en este tipo de embarcaciones casi todos los objetos son pesados, fondeos, aparejos, cajas de pescado, hasta una simple estacha de amarre empapada en agua es difícil de manipular por manos inexpertas.

Siempre nos ha parecido curioso, por no decir divertido, el ver al veraneante que desde el muelle pretende echar una mano, con toda su buena voluntad de ayuda, al pesquero que arriba de la mar. Con que facilidad le ha golpeado la maroma lanzada desde el barco, la carrerita por el muelle detrás del cabo para poderlo pisar antes de que vaya al agua, eso sí detrás no va él.

¿Y el trabajo en el barco? Duro, agotador, casi sobrehumano, abriendo heridas en las manos, agotando brazos y piernas, debilitando las espaldas, y todo dado por halar aparejos, desenmallar y estibar pescado, palear hielo, encebar miles de anzuelos, cargar y descargar cientos de cajas y todo ello con una mar desapacible, con lluvia o viento, con frío o calor, con la mar en contra, sea calma o atemporalidad, torpe dura y peligrosa casi siempre. Y así un día tras otro, durmiendo en rachas de pocas horas, sin horarios y sin descanso hasta llegar a puerto.

¿Y luego dicen que el pescado es caro? No sé para quién… ¡Para ellos no, que bien se lo ganan!  

El pescador, por su propia forma de vida, será el “último hombre de mar”, “el último lobo”, pues hoy en día en los buques mercantes y los de la Naval han llegado a tal sofisticación técnica en sus componentes que se manejan con solo unos “botoninos” … ¡Pero si ya no tienen ni caña, tienen un “joystick”!.

Sus tripulaciones ven la mar desde la lejanía que les proporciona la altura de sus modernísimos puentes, de tal forma que miran el agua casi como desde un muelle, muy alto, pero desde un muelle.

Nos cuenta con mucha gracia Juan Carlos Arbex, en su libro “Pesqueros españoles”, la siguiente anécdota:

Un amigo santanderino bromeaba con un marino de la mercante poniendo en duda la eficacia de su presencia a bordo de su buque: “Tu barco te lo desatraca un remolcador, te lo saca del puerto un práctico; ya fuera te lo dirige un satélite; te lo recoge otro práctico al acercarte a destino y te lo atraca otro remolcador…. Me quieres decir… ¿Tu que pintas a bordo?

Los grandes imperios nacieron en las chozas, y las potencias marítimas en las barcas de los pescadores.

Voltaire

 

Buena Mar y hasta la vista amigos.

Fernando Suárez Cué

 

Bibliografía consultada: “Pesqueros españoles”

Juan Carlos Arbex y Francisco Galindo López

Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación

Secretaría General de Pesca Marítima (1986)

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