¡Ay! ¡Me picó un escorpión!

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Yo no sé qué pensará el doctor en medicina que lea esto que voy a contaros, pero doy fe de que no me separará ni un pelín de la más pura y verdadera realidad, respecto a lo que me pasó. 

Veréis, estaba yo una preciosa tarde de verano echando unas varadas, en las rocas que hay detrás del fuerte, en uno de esos días de pesca que no sacas de la Mar, ni la línea mojada (algunos me entenderán), cuando siento un pequeño tirón, y sin ningún esfuerzo, pues en cuanto se encuentran trabados se quedan quietos como muertos, subo un “escorpionín”, que más le valía haber ido al colegio.

Visto que había tragado hasta el estómago, y sabiendo que en cuanto le vas a echar mano, levantan las aletas y te “abrasan”, decidí el dejarlo en el suelo, y sujetándolo con el pie, dar un tirón para arrancarle el anzuelo. Por cierto, que de los que estaban mirando desde el fuerte, una chica hizo el comentario, de… “Mirar, no se atreve a tocar el pez”, a lo que yo girándome le dije… “Es que no se puede usted hacer la idea de la grima y el asco que me da tocar estos animales. Es superior a mis fuerzas”. Con lo cual quedó, al parecer, muy tranquila por haber acertado en su aseveración.

Pues bien, di el tirón, pero en lugar de arrancar el anzuelo, el escorpión resbaló de debajo del zapato, y debido a la tensión del nailon, salió disparado hacia arriba con la mala fortuna de que me espitó las tres espinas del lomo en la palma de la mano debajo del dedo pulgar.

¡Para qué queréis más! El dolor empezó casi inmediatamente, y antes de que fuera a más, recogí el negocio y marché en dirección a casa en “Santana”, que gracias a Dios estaba cerquina.

Camino de casa, y pensando que diaños iba a hacer o donde dirigirme, tuve la suerte de ver venir frente a mí a “tiu Pepe” (Francisco José Meré González), el cual, viéndome de aquella guisa, y tras explicarle lo acaecido, me dijo…” Anda amigu, deja la caña en casa y ven conmigo”.

Así lo hice, y para ganar tiempo, porque si levantaba la mano, el dolor era más o menos soportable, pero si la bajaba, era como si en ese momento me corriera fuego por las venas, cruzamos la huerta y por las escalerinas de bajada, salimos directamente al muelle, para luego dirigirnos hacia la morrona de la dársena, donde tenía amarrada la su lancha “Beatriz”. 

Una vez allí, cogió un trapo, al cual era imposible acertarle el color, y metiéndolo en el depósito del combustible, lo empapó bien en gasoil y me lo empezó a enrollar en la mano, fuertemente apretado y cubriendo la marca de las tres agujas. Después me dijo… “Ahora cierra la mano y mantenla así y en alto, todo lo apretada que puedas”.

Y ahora amigos, no sé la composición de este hidrocarburo, ni los beneficios médicos que tiene, pero lo que sí os puedo asegurar es que el dolor empezó a remitir, y al cabo de los 20 minutos, ya podía bajar la mano teniendo solo una molestia muy soportable.

 La cosa terminó al día siguiente, cuando estando con en el puente con Alfonso Díaz Cué (el “Negrín”), y explicándole lo que me había ocurrido, me dijo…” Es terrible, a mí me “enganchó” una vez un escorpión estando en la Mar, palmeando el aparejo, y no veas lo mal que lo pasé hasta llegar a tierra.”. ¿Te dolió muchu?, le pregunté, a lo que me contestó con la frase más descriptiva y original que nunca he oído…

¿Qué si me dolía muchu?… ¡Me dolía hasta el sentimientu!

Buena Mar y hasta la vista.

Fernando Suárez Cué

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