Estoy asomado en la galería, de mi casa en “Santana”, y, ahí, casi enfrente, pelín a la izquierda, lo tengo.

El día es precioso, soleado y con ese calorín, típico de los días de nuestro verano llanisco, pero él está durmiendo, quieto inamovible, fuera de este mundo…¡No va con él!

Ahora bien, en cuanto cae la tarde, en el momento astronómico que el sol se pone, nuestro amigo entra en acción y se pone a trabajar. Mira que es raro este faro nuestro.

Está asentado sobre lo que denominan “Punta de San Antón”, aunque yo, quizá por un cierto romanticismo, y porque me gusta el nombre, prefiero decir que está muy bien acomodado sobre “Peña Preciada”, y sobre aquella terrorífica, para nosotros como críos, la cueva, de “San Antón”, donde nos imaginábamos que, como en “La posada de Jamaica”, quedaríamos encerrados para siempre “jamás amén”, en el momento que apareciera la “entrante”.

Desde su mirador, y al fondo sobre la Barra, se percibe en la lejanía y con toda claridad la “Cinta de la Mar”, en su aparente curvatura, por donde pasan, apareciendo y desapareciendo innumerables barcos, sobre una Mar, que siempre es la misma, y siempre distinta, con una monotonía. y una diversidad que nos hace pensar que, en sus primigenios comienzos, su comportamiento debía de ser el mismo que contemplamos hoy día, y que si nuestros ancestros la vieran ahora mismo, no iban a notar la más mínima diferencia. 

Pues bien, sobre ese eterno comportamiento, está la atenta mirada de nuestro faro, que, aunque bien algunas veces dirige su mirada hacia atrás, que no parece interesarle mucho, ya que su labor poco tiene que ver con su compañero de viaje, el “Cordal del Cuera”, también es bien cierto que algunas veces detiene su mirada sobre él, y con ella lo ilumina.

Pero sigamos. Cae el día, llega el atardecer y nuestro faro se enciende, ayudado por dos balizas, una con una brillante luz verde, y la otra roja que le ayudan a marcar la entrada al puerto, pero unas balizas que casi nadie mira porque todos conocen bien la entrada de casa. 

Pero entonces, y desde el cariño, podemos hacernos alguna pregunta como la de… ¿Qué hace nuestro faro? 

En este pequeño puerto es cierto que no demandan la entrada grandes barcos, ni nuestros ni foráneos, pero se, positivamente, que la finalidad de su importante misión no es otra que ayudar a posicionarse sobre el punto que ocupan todos y cada uno de los barcos que sobre su Mar navegan, aunque sea a gran distancia, aunque no pueda distinguirlos.

Pero es orgulloso, y para que no lo confundan con otros faros, que dicen son más “grandones”, y que la gente creen más importantes, no se amohína por semejante hecho, y sigue sin perturbarse enviando tres breves destellos hacia la Mar, y después con toda la socarronería propia de los llaniscos, se entretiene mucho más tiempo iluminando con un haz de luz más prolongado y potente, todo lo que tiene a su alrededor, ese paisaje terrestre de Llanes y sus alrededores, que comenzando por la Barra, “barre” La Moria y “Santana”, para después mirar hacia “Cimadevilla”, el puerto interior y finalizar en el Barriu, no sin antes enviarle un guiño con cierta picardía y confidencialidad a “La Gran Señora” que, aunque no se lo diga a nadie, le llama mucho la atención. Satisfecha su curiosidad, vuelve comenzar lanzando de nuevo tres guiños a su Mar.

Cuando lo contemplas durante un tiempo, produce una especie de sopor, que te hace retirarte buscando tu descanso de una forma relajada y tranquila.

Espero que me creáis, cuando os diga que uno de mis sueños de pubertad, y más tarde dejando muy atrás la adolescencia, fue el ser farero, pero un farero de los de antes, un farero como los que aparecen en películas como “La luz del fin del mundo” o “La luz entre los océanos”.

El trabajo de estos hombres y mujeres, que también las ha habido y muy buenas y profesionales, ha perdido ya casi todo su encanto y leyenda, pues al principio, el trabajo en el faro no estaba sujeto a horarios y era muy duro, no sólo por el aislamiento que suponía el inhóspito lugar donde estratégicamente eran colocado, sino porque el farero debía encender y apagar el faro cada día, cargando hasta la parte más alta los litros de combustible, recambios y avituallamiento que fueran necesarios, haciendo tan solo uso de su habilidad y fuerza, para mantenerlo en perfecto estado de revista, y no encontrarse con problema alguno para ponerlo en funcionamiento, en cuanto empezara a caer la luz del día.

Pero no creáis que yo soy el único que tiene ese sueño, pues hay otra persona, persona muy entrañable para nosotros, que en su momento soñó con lo mismo, diciéndomelo ya en varias ocasiones… “Como me hubiera gustado, Fernandín, el haber podido ejercer de farera”. A lo que yo le contestaba siempre lo mismo…” Y a mí también Maiche, y a mí también”.

Hasta la vista.

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