Por las viejas crónicas de “El Oriente de Asturias” y “El Pueblo”, sabemos que en Llanes, como en todos los pueblos de la costa, al amanecer, hasta hace 100 años, se escuchaban voces marineras:

-¡Camará, a la mar!

-¡Batalla, a la mar!

Era la hora de la marinería, pero antes de salir a pescar era obligado  beber un tazón de humeante café. Entonces, eran varios los chigres con los que contaba la villa, entre ellos: “La Venta de la Uña”, “La Bombilla” ,“El Camarote” ,“La Casa de Xupila” y “El Catipunan”, todos frecuentados solamente por hombres y generalmente gestionados por una mujer. Según nos cuenta Elviro Martínez, en una de sus magnificas colaboraciones en el decano de la prensa asturiana, la estación favorita del ritual del primer café del día de los marineros era “El Catipunan”. A sus puertas los esperaba la tía Vicenta, que abría a las cuatro de la mañana y servía el café con terrones de azúcar y unas gotas de caña  de la Habana, por el módico precio de un cuarto. Después, el primer pitillo del día, y así  más animados  y a la contraseña de “pa la mar”, Castro, Camará, Batalla, Herrero, Manzano, Patiño y tantos otros, durante generaciones, emprendían el camino del puerto.

Posteriormente, “El Catipunan” se convirtió en una suerte de sociedad a la que no le faltaba reglamento y un lema que rezaba: “Para cuatro días que vamos a vivir”, el cual figuraba en el membrete del papel que para actos “oficiales” utilizaba.

Imagen, Valentín Orejas

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