Eran las 03:00 h. y ya estaba yo bajando por la ramblina de “San Nicolas”, desde la plaza del Carmen camino del puerto para embarcar en la “Celesta” de José Antonio García Álvarez (“Tajuelo”), algo pronto porque, aunque las salidas acostumbraban a ser sobre las 04:00 h, ese día, creo recordar que había que largar unos palangres, para luego ir a recogerlos una vez hubiera amanecido
Así lo hicimos (bueno eso de “lo hicimos” me suena a grupo folclórico, “lo hicieron” es lo más correcto), por lo que, una vez acabada la faena, para pasar las horas que nos quedaban de espera, “Tajue”, decidió meterse en “Entrecanales” (“Playa de Antilles”), en busca de un refugio tranquilo y seguro.
Una vez allí, decidimos echar unos “pitos”, que me dijeron que no me convenian, y Vicente echó otros, que tenía prohibidos (mira que soy bocazas), pero una vez acabados, como no sabíamos ya que hacer, este me dijo que podíamos echar la “paila”. Dicho y hecho… pero… ¿dónde?
Recuerdo perfectamente, que sobre la cubierta de proa había una alfombra vieja, de esas que se usaban para no resbalar cuando se alaban los aparejos y que Vicente, con todo la experiencia del mundo me dijo…”Tumbate sobre ella a estribor, la coges firme y te giras hacia babor y la arrastras sobre ti para taparte con ella, que yo haré lo mismo desde babor.
Así lo hicimos, quedando espalda con espalda y perfectamente tapados los dos con una alfombra más que húmeda, mojada a mas no poder diría yo, y “agoliendo a pescau”, más que si estuvieras durmiendo dentro de un barril de “macizu”.
Yo dormí como el “Niñín de Praga”, y Vicente no “gorgutió” durante el par de horas que estuvimos durmiendo. Loque es el cansancio.
Llegó la luz, halamos los aparejos, que no estuvieron mal, y p’a casina.
Cuando conté la aventura en casa, se hacían cruces diciendo que como no habíamos cogido una pulmonía el pasar la noche en esas condiciones. Yo no discutí porque los razonamientos no eran los que yo quería explicar, cosa que si lo hice cuando mi hermano Carlos me lo preguntó.
“Mira hermano, la noche fue perfecta, y las cosas salieron así porque yo tenía 20 años, y mi amigo Vicente Álvarez, con mas edad que yo, era grande, fuerte, y más firme y tiesu que un trinquete. No me podía pasar nada, pues estaba con él, y es que … ¡”el Diosu”, era muchu “Diosu”!.
¡Concho! Que tiempos en los que los cuerpos aguantaban lo que nos echaran.
Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos.
Fernando Suárez Cué




