Lograr la ansiada igualdad de condiciones en la pesca, el conocido concepto level playing field, es un auténtico clamor a medida de que las restricciones  a la actividad pesquera a nivel comunitario han ido aumentando.

Y es que sorprendentemente las reglas en la pesca son distintas, comprometiendo no solamente la competencia de la flota comunitaria en relación a terceros países, que además tienen abiertas las puertas del mercado europeo, sino que también hay diferencias entre los estados miembros.

La flota europea está más que cansada de ver como productos que no cumplen con los estándares ambientales y sociales exigidos por Bruselas a nivel interno, entran en el mercado comunitario.

Es responsabilidad de la UE conseguir un mundo pesquero con las mismas reglas para todos, tanto por iniciativa propia, como a través de instrumentos y tratados internacionales. Sin embargo, vemos como  Europa se cruza de brazos mientras Noruega, seguida por Islandia e Islas Feroe, se auto adjudican cuotas de caballa, impulsando políticas unilaterales con efectos negativos para la flota comunitaria.

A nadie le puede pasar desapercibido que son nefastas las consecuencias  de exigir a la flota comunitaria medidas que no tienen que cumplir otras potencias pesqueras para colocar sus capturas en el mercado de la UE.

Y a todo se suma, el desequilibrio interno que está propiciando la Comisión Europea frente a sectores como la eólica, ámbito que impulsa decididamente, incluso permitiendo que se instale en áreas marítimas protegidas. Además del mensaje ambiguo de una revisión de la fiscalidad del diésel, la obligatoriedad  para las pequeñas embarcaciones de los dispositivos de geolocalización y del diario electrónico de capturas.

Sin duda, esa falta de equidad, de igualdad en las reglas del juego, pone en peligro la pesca sostenible, en sus tres aspectos: crecimiento económico, bienestar social y protección ambiental.

Hace unas semanas, en la Conferencia Internacional sobre el Futuro de la Pesca que se celebró en Vigo, se preguntaron, entre otras cosas:

¿Por qué la flota china puede hacer cebo vivo en un área que Senegal veda a los atuneros españoles y franceses?

¿Por qué una mercancía que se rechaza en Vigo o en Marín puede acabar entrando en Leixoes? 

¿Por qué el producto comunitario tiene que competir en un mercado que no cumple la legislación laboral o de seguridad?

¿Por qué un astillero en España puede construir pesqueros para Alemania de 900 GT y 1.800 caballos, que en España es impensable?.

Quizá ha llegado el momento de preguntarse:

¿Vamos a seguir callados?

 ¿A seguir sometidos?

Imagen, Valentín Orejas

 

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