Así salí yo

Siempre estuve muy agradecido y orgulloso de la educación recibida, pues partiendo de la que me dieron mis padres, estos tuvieron además la gran certeza de donarles a mis enseñantes parte de su autoridad, para que ejerciéndola sobre mi como si fueran ellos mismos, me diera cuenta de que el colegio era una continuación de la casa, y que, por lo tanto, había ciertas formas y maneras que eran indiscutibles por su propia esencia. 

Pues bien, si como siempre he dicho, el hombre al que más he admirado en este mundo fue a D. Fernando Suárez González, mi padre, hubo otro al que no le profesé menos admiración y cariño, y fue a mi tío D. Baltasar Cué de la Fuente (tiu “Bata”).

Los dos ‘concuños’, Baltasar Cué de la Fuente, y Fernando Suárez González, (1962

Primero decir, que desde muy chiqiuitín, en Llanes, y cuando ya podía irme solo a “espatullar” en los pocines del Sablón, mi verdadero mundo se extendía desde el Sablín hasta La Barra, donde poco a poco, y armándome de un valor digno de Amadís de Gaula, me atrevía a meterme en el pozu los “Bayones”, “a quisquillas”, o a lo que era ya mucho más “de hombre”, como el cruzar de lado a lado la “Cuevona de San Antón”.

El resto de los días era andar entre lanchas  y barquillas, charlando con los marineros, fijándome como arranchaban, cosían o reparaban y preguntándoles cosas sobre sus trabajos y faenas, ya que, a partir de sus respuestas y comentarios, yo me hacía mi propia película en la que aparecían enormes luchas con tiburones, ballenas y bonitos más grandes que las lanchas. Eso cuando no soñaba con ser bucanero, que me parecía un oficio mucho más importante y serio que el de un simple pirata. 

Pues bien, todo “magnífica” vida, el que me la seguía, y creo que la fomentaba aunque con más paciencia que la de Job, fue mi tiu “Batá”.

Con él empecé a salir a la Mar con ocho o diez años, para ir calar a “pique” de la Punta del Guruñu, a cabras y jueces, ya que las brecas, “párabos” y “xáragos”, eran para él, como verdadero y gran especialista en esas lides. No se le escapaba uno, y yo ni los olía.

Fijaros bien, era tal la manera de ser mi tiu, que sabiendo que a los críos les molesta quedar en ridículo, sobre todo cuando te quieres hacer el hombre ante personas mayores y que admiras, que para que yo no me sintiera así si me mareaba, en un momento de la pesca. me preguntaba.

¿Tienes hambre sobrino? Porque yo estoy que me desmayo.

Yo le contestaba que sí, y entonces me decía que lo mejor que podíamos hacer era ir a tierra a comer algo, así que, recogíamos y para casina.

Ya mayor, comprendí  que él se daba cuenta antes que yo, que me empezaba a marear, por la tan sencilla razón de que, al parecer, al faltarme algo de riego en la cabeza (abstenerse chistes malos, que os “conozo”), lo primero que se me volvían como si fueran de cera, eran las orejas, mientras que al mismo tiempo me aparecía una sensación de hambre, que no dejaba de ser el primer síntoma de que el estómago empezaba a revolverse, pero a la que tiu “Batá”, con más escamas que un “golondru”, le daba la vuelta, hasta conseguir el que yo decidiera el volver a tierra. Un gran corazón.

Por supuesto, en cuanto atracábamos derechines al “Colón”, nos tomábamos a medias un bocadillo de mejillones en escabeche, un botellín Kas, y… ¡Adiós males! 

Yo era un verdadero lobo de Mar, que lo decía mi tiu.

Pero si hay otras anécdotas, una de las que con más admiración recuerdo, y hasta qué punto llegaban las enseñanzas racionales, o por lo menos eso creo, es esta que voy a contaros.

Una tarde estábamos tiu “Bata” y yo pescando “lisas”, en la punta que hay entre las playas de Puerto Chico y Toró, cuando a eso de las 6, aparece por allí su esposa, y muy querida tía mía (aunque me imponía un puquitín), María Fernanda Gutiérrez (tia ”More”), acompañada por mis primas Covadonga y María Jesús, junto al pequeño Angelín, que nos traían la merienda, y que recuerdo consistía en una de esas empanadas de bonito, como solo las sabía hacer ella.

En cuanto vi a mis primas, recogí los aparejos, planté el negocio y me fui a merendar y después a jugar con ellas a policías y ladrones, por todos los “praos” de la Guía, llegando inclusive hasta la playa de los “Los Curas”, en Antilles.

Fue pasando la tarde, una de esas tardes con las que nos sorprende de vez en cuando Llanes en sus veranos, y ya algo cansados de tanto “rebizcar” por aquellos cuetos, nos dirigimos hacia la Villa.

Cuando llegamos al puente, tiu “Bata”, muy serio y digno, me dice. “Dame la caña Fernandín, que voy a guardarla en la bodega”.

Ahí fue cuando el cielo se me vino encima… ¡Concho! La caña la había olvidado en Puerto Chico.

El abra de PuertuChicu

Pues ya sabes lo que te toca “sobrín” … ¡Ir a por ella!

Y ahí me tenéis, ya casi de noche, yo solo camino de Toró a buscar la puñetera caña.

La encontré, lo que me quitó un peso de encima, pues creía que se la habían podido llevar al encontrarla como perdida.  Cuando regresé al puente allí estaba tiu “Bata” esperándome. Cogió la caña y nos fuimos para la bodega que tenía en La Moria a guardarla, junto con el resto de los aparejos, y de paso dejarme en mi casa de “Santana”.

Tiempo después, me enteré de que no me dejó ir solo, pues arrancó detrás mío a unos cincuenta metros, vigilando para que no me pasara nada y adelantándome cuando ya llegábamos de vuelta al puente, para que yo creyera que había ido solo, mientras él me seguía esperando.

Como podréis suponer, queridos amigos, no se me volvió a olvidar la caña nunca más, y esta práctica lección de responsabilidad y buen hacer, ni me creó ningún miedo a la oscuridad, ni me traumatizó lo más mínimo, solo sirvió para demostrarme que estaba en buenas manos… 

¡Que tíu, era tíu “Bata”!

Buena Mar y hasta la vista, amigos

Fernando Suárez Cué

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