En una elevación rocosa del Paseo de San Pedro, se alza lo que queda de una atalaya, que lejos de su antigua misión de avistar ballenas y velas vinkingas o inglesas, es hoy, además de un espectacular mirador que permite alargar la vista sobre el océano hasta el horizonte, un inigualable lugar para sosegar el ánimo y ver caer la tarde.

¡Y qué más se puede pedir!

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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