LANCHAS BONITERAS Y “MARRACANAS” 

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Ha entrado ya el verano de 1917 de pleno, y la costera del bocarte está ya tocando a su fin, mientras que el atún y el bonito empiezan a acercarse desde el Oeste al Cantábrico y por lo tanto haciendo que los marineros de las distintas Cofradías de Pescadores de los diversos puertos de nuestras costas empiecen a aparejar las mayores embarcaciones pesqueras de bajura del Cantábrico, la Reina de la Flota: La “Lancha Bonitera”.

Nos encontramos ante una embarcación muy semejante, en su perfil a la trainera, pero a diferencia de esta, como tenía que adentrarse en la Mar hasta más de 50 millas, en busca de los bonitos (Sarda sarda), “cimarrones” o atunes de aleta amarilla (Thunnus albacares) y albacoras, nuestro famoso bonito del Norte (Thunnus alalunga), tenía características propias, como era el estar provista de cubierta (lancha cerrada), y portar una superficie bélica más que respetable.

Estas embarcaciones eran claramente veleros puros, ya que, aunque portaban una serie de remos, solamente los empleaban para maniobras de entrada y salida en los puertos, para desplazarse en las calmas chicas de altamar, o para aguantar corrientes contrarias.

Ante la fineza de las “líneas de agua” de las traineras, estas grandes y negras lanchas conocidas también, bajo el nombre de marracanas, que es la denominación cántabra para estas embarcaciones, o “txalupa handia”, que era como las denominaban los vascos, presentaban formas más llenas y panzudas, con esloras de 16 m., mangas de 3 m. y calando, las más grandes, sobre los 2 m. de su obra viva.

Portaban estas lanchas, dos mástiles desmontables que se armaban mediante un sistema de cuñas, para darles la orientación e inclinación deseada, según la Mar y los vientos lo solicitaran. Estos mástiles, por sus dimensiones, eran capaces de soportar una superficie de trapo importante, tal y como hemos dicho anteriormente, ya que, por ejemplo, el palo mayor era de la misma longitud que la eslora de la quilla, y el trinquete era la mitad de la longitud del palo mayor.

Montaban unas velas “al tercio”, que se usaban mediante drizas, bolinas y escotas, sobre todo la mayor, contando también con rizos, que se repartían en una línea para el trinquete y dos líneas para la mayor.

La “vela al tercio” proviene originalmente de la “vela cuadra”, y difiere de esta última por haberse transformado, hasta tener una forma trapezoidal y por estar sujeta al mástil en el tercio de la longitud de la verga, en lugar de estarlo en el medio como es el caso de la vela cuadra, y fue desarrollada con el objeto de desplazar el centro vélico a popa de la embarcación, para favorecer la navegación en ceñida o lo mas aproximadamente posible hacia el viento, y es un tipo de vela que se sitúa entre la vela cuadra y la vela latina triangular, combinando las ventajas de cada una, pero sin sufrir excesivamente sus inconvenientes. La vela al tercio fue muy utilizada en el Cantábrico, donde predominó desde el siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XX, y casi exclusivamente entre las embarcaciones menores. Los estudiosos de estos temas ubican su origen en la Costa Vasca.

En su navegación a la vela, y según el estado de la Mar, acostumbraban a colocar sobre las amuras y regalas, entre el caperol y la cuaderna maestra y en la borda de sotavento, unas falcas desmontables con unos orificios donde se colocaban los toletes de los remos, con el objeto de aumentar la altura del franco bordo y evitar la entrada del agua.

La decoración de los costados con los regalas pintadas, y distintos motivos también pintados en las velas, tenían como función ayudar a identificar la embarcación en la distancia.

Gracias a su diseño y a su importante capacidad bélica alcanzaba con facilidad la velocidad de 16 nudos; un andar suficiente para animar los señuelos y engañar así a sus rapidísimas presas.

No se puede decir, que estas embarcaciones se dedicaran solamente a la pesca del bonito, ya que nuestros pescadores no mantenían barcos ni parados ni en seco, mientras la Mar lo permitiera, por lo que en un principio faenaban en dos grandes costeras.

La primera abarcaba desde mayo a octubre, y esta embarcación, con una tripulación de unos 10 hombres, se empleaba para la pesca del bonito y el atún mediante la técnica de la cacea, desplegando largas pértigas que extendían a lo ancho los aparejos, consistentes en anzuelos simples o dobles, cubiertos con plumas u hojas de maíz y decorados con un trozo de tela o lana de color, semejando a un pez.

La segunda costera se practicaba desde diciembre a marzo para la pesca del besugo, como pieza importante, aparte de algunas capturas de otro tipo, y en cuya faena participaban hasta 20 tripulantes, y se hacía por medio de palangres, para la que las características típicas de la chalupa eran bastante irrelevantes. Estamos hablando de finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX.

Con el avance de las tecnologías, a estos recios cascos, se les fueron implantando máquinas de vapor, hasta ir desapareciendo poco a poco, su carácter típicamente velero, para quedar convertidas en gabarras, como las de la Bahía de Santander, que se destinaron, hasta su destrucción, unas para transportar arena entre El Puntal y Puerto Chico, y otras al tráfico de pasajeros en servicio por la mencionada bahía.

De todas las grandes boniteras que por esas aguas pescaron, las que tuvieron una vida más larga fueron las santanderinas.

En su novela “José”, ambientada en la villa de Cudillero a finales del siglo XIX, el gran novelista asturiano Armando Palacio Valdés (4/10/53 Entralgo-Laviana – 28/01/38 Madrid) describía con un punto de amargura la situación de los pescadores vizcaínos que recalaban cada verano en la estrecha cala del puerto. Sus pesadas txalupas, después de perseguir durante semanas a los bonitos, caían sobre el litoral asturiano agotadas en busca del escaso refugio que proporcionaba una costa abrupta y poco hospitalaria. Palacio Valdés se quejaba de las terribles condiciones de vida de las tripulaciones que llegaban con su carga de bonitos, alejadas de sus hogares, durmiendo sobre los paneles, cocinando en un escueto fogón y empleando las velas como improvisadas tiendas de campaña. A veces, las estancias se prolongaban más tiempo del acostumbrado por culpa de malos vientos, deteriorándose la situación en las chalupas.

Recuerdo con gran cariño, cuando siendo un chavalín, bajaba al muelle con un plato y una cuchara, para saborear la comida, casi siempre algún guiso, el cual los marineros de las marracanas nos ofrecían a los críos. Recuerdo perfectamente el serio y digno gesto con el que el patrón hacia la señal de la cruz en el pan con el cuchillo, antes de cortarlo y repartirlo entre su tripulación.

En fin, un recuerdo imborrable.

La rapidez del cambio tuvo dos efectos dramáticos: por un lado, rompió las estructuras tipológicas de las embarcaciones, agrupando en un único buque (las recién llegadas lanchas vaporas) métodos de pesca que antes eran practicados por embarcaciones diferentes.

Nada queda ya de las grandes chalupas boniteras, marracanas quizá tan solo algún recuerdo, como un timón de caoba, o un mástil de “pino tea”, guardados en la Sociedad Oceanográfica de Guipúzcoa, u otro timón que se conserva en el Museo Marítimo de Cantabria, en Santander, y que fue encontrado entre un montón de maderos viejos en San Vicente de la Barquera.

Y es que la Mar no perdona, ya que todo aquello que no se proteja, se guarde o se cuide con esmero, termina inexorablemente devorado por ella.

Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

Foto (2) Chalupas boniteras en «entremuelles» abarloadas a la vapora 'Alonso'

Foto (2) Chalupas boniteras en «entremuelles» abarloadas a la vapora ‘Alonso’

 

Foto (1) Marracanas atracadas en el puerto interior

Foto (1) Marracanas atracadas en el puerto interior

 

Foto (3) Lancha bonitera faenando a la cacea (1890)

Foto (3) Lancha bonitera faenando a la cacea (1890)

 

Foto (4) Comiendo a bordo

Foto (4) Comiendo a bordo

 

Foto (5) Bermeoko «San Francisco» Txalupa Handia (1917)

Foto (5) Bermeoko «San Francisco» Txalupa Handia (1917)

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