SENSACIONES INOLVIDABLES.

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Es triste mirar al mar en una noche sin luna, 

pero más triste es amar sin esperanza alguna.

Hay experiencias en la vida, que, pareciendo de lo más sencillas, por una serie de coincidencias se hacen inolvidables. Y eso me pasó a mí, convencido de que a muchos de vosotros también os ha pasado.

Os cuento:

Estaba en travesía desde Menorca hacia Barcelona, transportando el velero de un amigo que me pidió lo acompañara en tal menester, ya que no quería hacer solo ese viaje,

Salimos al atardecer, sin problemas y con el barco bien limpio y arranchado, con la intención de arribar a destino en la mañana del siguiente día, 

El día era precioso, la Mar estaba algo torpona, pero un “Garbí», ese viento fresco y constante de SO, dueño de las llamadas “brisas térmicas», nos daba un buen andar y con bastante comodidad.

Se acerca la noche y nos repartimos la guardia, aunque en realidad, como yo había dado algunas cabezadas durante el día  me quedé con la primera guardia de noche (de 00:00 h. a 04:00 h.), ya que no tenía el mas mínimo sueño. Así que después de cenar y tomar unos cacaos calientes, cada “mulata a su grieta”

Bien es verdad, que cuando andas en estos menesteres, y aunque parezca mentira, no te da demasiado tiempo para mirar lo que te rodea, pero amigos, cuando llega la noche y te encuentras solo con el cielo y la Mar, la cosa cambia substancialmente.

La Mar se había ido relajando hasta quedar totalmente llana, el viento había caído hasta quedarse tan dormido que ni movía ni las “lanas” de la mayor, habíamos quedado dentro de una de las llamadas “calmas chichas”. En una palabra, el viento y la Mar se habían acurrucado en los brazos de Morfeo.

En la noche dominaba la “Luna negra” y el “Nura” (nombre fenicio de Menorca que tenía el barco), detuvo totalmente su andar.

Me preparé para poner el motor en marcha y seguir viaje, cuando la pereza y la visión del mayor espectáculo que en ese momento me pudo deparar la Naturaleza me lo impidieron. Me relajé, encendí las luces propias de un velero que está a la deriva y sin gobierno, una “luz blanca todo horizonte” (360º) en la perilla del palo, y la “luz blanca de alcance”, (360º), en la popa para no confundir su posición, y una vez que todo lo que creía ya estaba en orden, encendí un “pitu”, y tumbandome en cubierta me dediqué a ver lo que casi no se podía ver.

Una vez leyendo uno de los libros del más grande de los navegantes franceses Eric Tabarly, me enteré de que este navegante, cuando quería dormir, ponía el reloj con una alarma que sonara a los 20 minutos, pues era el tiempo que él había calculado, que tardaría un barco que fuera en rumbo de colisión con el tuyo, si te acostabas y ponías la alarma en el momento que lo vieras aparecer por el horizonte. 20 minutos de tiempo era el que tenías de seguridad.

Sabiendo esto, me atreví a apagar las luces, y apareció el milagro, no existía el horizonte, el cielo y la Mar se entrelazaban en una continuidad increíble, mientras que la falta de obstáculos y la falta de luz me dio una sensación de espacio abierto tan inmensa, que no la sabría describir, como tampoco sabría evocar la tranquilidad y serenidad que te llegan a producir.

Es la mayor experiencia visual de un paisaje ininterrumpido, donde cielo y la Mar unen el firmamento con el océano y sin una línea de horizonte parece un lienzo infinito. 

Como buen patrón, Juan, aunque estaba dormido, le despertó el “no movimiento de navegación” del barco, con lo que subiendo a cubierta me pregunto… ¿Qué pasa Fernando?… Pues eso pasa, le conteste, pasa y siéntate.

No se el tiempo que estuvimos allí “amomiaos”, contemplado todo aquello, con la anécdota adicional que vimos una pequeña luz, pero muy clara, que se iba desplazando por entre las estrellas… Era un satélite, no sé si un “Starlink”, o el famoso “Sputnik”. Vaya usted a saber, pero que lo vimos, lo vimos.

Cuando ya haciendo un esfuerzo, tanto mental como físico, nos preparamos para arrancar el motor, se empezó a mover el aire, creando un viento sueve y templado que llenó las velas, pero como habíamos perdido bastante tiempo decidimos seguir apoyándonos en el motor, que nos procuraba un rumbo más recto.

En mi vida odié tanto el ruido de una máquina.

Un abrazo, buena Mar y hasta la vista amigos.

Fernando Suárez Cué

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