Llanes – El Puerto 1978 (Mariano Zubizarreta Gavito)

Por: Jose Bolado

 Acodémonos en la barandilla del muelle.

Observemos cómo fluyen (por debajo del puente, de la plataforma de hormigón -que ahora se emplea como parada de taxis- y de las ruinas del Teatro Benavente) las someras aguas del riachuelo Carrocedo.

A nuestra espalda están el Bar del Puerto y el Colón, con su terraza. Son de destacar dichos establecimientos, y los treinta metros de barandilla del muro de 

«estribor», ya que, en esta reducida área, permanecen «anclados», horas y horas, los pescadores que no salieron a «faenar» cambiando impresiones (anécdotas y aconteceres, repetidos muchas veces, pero que resultan enormemente sugestivos, para determinados ocasionales contertulios, que sabemos «de que vá») comentando cual es el estado de la mar y otros pormenores del viejo -como el «homo sapiens» y evangélico por antonomasia- oficio de pescar.

Tenemos a la vista, en esta zona alta del puerto, muchas embarcaciones deportivas. El mayor de los Patiño (la Chita), en la canoa de Valle, está «encarnando» con calamar, un «palangrillo» de cincuenta anzuelos; de estos menesteres desertó (por ascenso a amo de llaves) el Moli, que, por otra parte, tiene muchas diligencias que realizar, y, aunque parezca imposible, por el mucho tiempo que pasan juntos, mucho que comentar, todavía con Armando.

Pepe cuida de la motora de Paquito (hace muchos años era la «Makoke» la que recibía sus atenciones), como si se tratase de un ‘»Rolex».

En esta zona superior del puerto están las dos escaleras más cómodas, una a cada estribo del puente. A ellas atracábamos (desde la «Ella» que patroneaba Tróbolo, llevando como tripulantes a Mel y a Pichona, ó desde la «Carbayona» de Peñón y del llorado Morales, que Cote se encarga de mantener a punto) hace bastante tiempo, cuando regresábamos de nuestras fructíferas «pescatas» submarinas, para hacer mejor «la farolada”, luciendo, ante buena parte de la población de la Villa, que por allí pasa, buena «riestras» de «cháragos», de «durdos» y algún «congrio» o «lubina».

Siguiendo el «malecón» por el lado izquierdo, antes de llegar a la «Darsena», encontramos cuatro “merluceros». Están amarradas dos al muelle y las otras dos a ella. Son las de Tisto, Machi, Tanislao y Parrín.

La «merlucera» es un tipo de embarcación muy »marinera», especialmente construida para soportar los embates del mar; tiene, por descontado, “cubierta corrida», sobre ella el puente de mando -equipado frecuentemente con «sonar» y detrás de él, la cabina del motor.

Las de Llanes tienen de 14 a 20 metros de eslora; 3,50 a 5 metros de manga y un calado que ronda los 1,50 metros; sus motores, de gasoil, son de una potencia entre 50 y 90 C.V.

En este momento están «varadas». Este detalle podíais haberlo descubierto, cuando hace unas líneas decía: «Observamos como fluyen las someras aguas del riachuelo . . .». Llevamos tres horas de «vaciante», quedan otras tres horas hasta la bajamar (bajamar, pleamar: «he aquí el tinglado de la triste farsa que condicionó, sin posible duda, para los pescadores llaniscos, una existencia poco menos que vegetativa) y todavía cuatro horas más, hasta que las «merluceras» puedan volver a flotar. Es decir: Para esta clase de embarcaciones (tripuladas por cuatro a seis hombres) que son la base de la actividad pesquera de Llanes, el puerto está cerrado nueve horas, a continuación, durante tres horas les es utilizable, siguen nueve horas con la entrada «vedada», después tres que sí, nueve que nó . . .

Todo esto se lo agrava, todavía más, la naturaleza, ya que (aproximadamente) cada «marea» se adelanta veinte minutos a la que le antecede (cuarenta minutos al día). Añadamos, porque es cierto, que cada dos semanas (coincidiendo con las fases, cuarto creciente, cuarto menguante de la Luna) llegan las «mareas muertas» que rebaja más aún el tiempo operacional dentro del puerto; finalmente las «mareas gruesas», que les impiden salir y que, cuando les cogen afuera, tienen los pescadores, estoicamente, que esperar a que «haya marea», jugándose posteriormente la vida, para entrar. No parece posible encontrar condiciones de trabajo más adversas.

A la entrada de la «Dársena», hay una «rampa»; como se dá de bruces contra un muro, sirve, a duras penas, para «sacar a tierra» las «barquillas». Aquí amarran muchas lanchas menores; las de Tio Pepe; la de Tinchu; la de Pepín el de la Carrilana; Félix y Baltasar bautizaron la suya con el nombre de «Nava”, más acorde con la sidra que con el «salitre».

También atraca Tajuelo su motora de 25 C.V. Por cierto, que este, hace unos días localizó el «banco» de calamares y diez embarcaciones.

Yo lo hice con Tanis (que con su hermano Manolín tiene una hojalatería en los bajos de la casa de los Pola) y con Tiago, director general de los «astilleros» llaniscos.

Fuimos en pos de Tajuelo hasta la altura de la Atalá, a una milla de tierra; azotaba un vendaval del noroeste (gallego) que «mancaba»; más que «calar» las «sibioneras» a «fondo», estas «caceaban» como resultado de un incontenible «devalar» de la embarcación. Ninguno consiguió pescar (en esta ocasión) una «raba».

En el «morro» que da abrigo a la «Dársena», hay una grúa manual con la que se sacan los motores que necesitan serias reparaciones. A él, en su lado exterior, atracan su motora Tiquiano y Pedro Patón. Allí están ahora «palmeando» las «miños», con los que consiguen bastantes buenas «mareas» de «Pixín» y algun «rodaballo». Cuentan con la ayuda (flor de verano) incondicional y entusiasta, de Paco, Eduardo y Pedro.

Un poco más hacia la salida, el Negrín completa el equipamiento de su nueva «merlucera» de 60 C.V. Y, en el pequeño tramo que queda, antes que termine el muelle, (luego va un tramo en roca y a renglón seguido el «morro» que separa el puerto interior del Sablín) Antón -que sigue aferrado a los «barriles»- repara una «andana». Sale a «marear» en solitario. Ocasionalmente -cuando se conjuran benéficamente pleamar a hora cómoda, tiempo bueno y asegurado, mar tranquila y calamares localizados- se le enrolará Wencinos.

De sus soledades marinas, Antón se recupera estupendamente, en tierra, pronto se encontrará con Panchín, que proporciona la compañía más jovial y grata de la Villa; tomarán «media» en el Bodegón de Gonzalo el riojano y, como «arrancadera», un «vasu» en «La Amistad», de Fabián.

Enfrente, en el muro de «babor», en el tramo que va desde el Bar del Muelle hasta la Rula, amarran Ramonera, El Belga y algún otro, sus «merluceras».

La Rula es una edificación semi-palafito que sufre todos los malhadados condicionamientos del puerto de Llanes. Todavía no es una ruina total, sí un «mamotreto” inutilizado. Hace muchos años que Luis dejó de convocar con la «sirena» a las pescadoras, (que luego vocearán musicalmente el pescado por las calles de la Villa) a los fabricantes de conservas y a los mayoristas.

Recuerdo, con afecto, a una pescadora, madre de muchos hijos, que para comprar los «amusquis» de una lancha, pedía a una compañera prestada la «romana»; luego, para venderlo, se las «apañaba» con la suya.

Desde las embarcaciones el pescado se llevaba a la planta baja de la Rula a nivel de la calle, allí se situaban también los pescadores y muchos curiosos. Sobre ellos, en un entrepiso, en una balconada interior de forma «elipsoidal» sobre la «cancha», se situaban los compradores y Gabino (a este correspondía dirigir aquella complicada -al menos para el profano- venta; manejar el «cotarro».

El pescado se «rulaba» mediante una subasta «invertida”. Me explico: Una subasta «tipo», es aquella en que arrancando de un precio razonable, los compradores interesados van «pujando», aumentando, cada vez más los precios.

En una subasta «invertida», el precio que se estima remunerativo, el subastador va disminuyéndolo en una candenciosa y rapidísima tabla, hasta que a algún comprador se le ocurre «pararla».

Cuando hay abundancia de capturas esa «parada» parece que no llega nunca.

Demasiadas veces, la euforia de los marineros, por la abundancia de pesca, se cambia en rabia e impotente desesperación al ver el irrisorio precio de venta.

Siguiendo por el «malecón» de la derecha, antes de llegar a la «compuerta» amarran bastantes motoras de 25 C.V. Una de ellas de Modesto, otra de sus hermanos Bruno y Vicente.

La «compuerta» y el «morro» del Sablín, estrechan la entrada, a diez metros.

Hasta aquí, estuvimos hablando del «puerto interior», que tiene una longitud de unos 250 metros y una anchura media de 25 metros, teniendo que añadirle la superficie de la “dársena», que puede considerarse circular con 40 metros de diámetro.

Ahora vamos a referirnos a la compuerta y sus circunstancias.

Si alguien piensa que es “agua pasada”, lo acepto.

Es ésta una nada estética torre de hormigón que lleva adosada -en posición vertical, apoyada en el “gozne”, la «compuerta» propiamente dicha; una pantalla de forma trapecial de acero unido con roblones.

Si se descendiese (jamás se realizó la prueba) -suponiendo que tanto en la ría como en el «morro’, del Sablín se hubiesen ejecutado los correspondientes asientos- separaría el «puerto interior» de lo que, muy hipotéticamente, podría considerarse «antepuerto».

Su utilización habría sido: Cerrarla, cuando la marea llevase dos horas de «reflujo». De esta manera se mantendría retenido un nivel de (posiblemente) 1,50 metros de altura, de agua en el interior del puerto; evitando el feo espectáculo de los desperdicios y los malos olores, ya que todas las alcantarillas y las fábricas de conservas (entonces las había y de buen prestigio) vierten a él.

Ocho horas más tarde, cuando el flujo, de la marea equilibrase el nivel de las aguas, se volvería a abrir.

Me imagino que se dieron cuenta, un poco tarde, de que si bien al proceder así no interferían el trabajo de las embarcaciones mayores (Chambelena, Cajama, Jesús del Gran Poder, etc. las dos primeras barcos que atizaban sus calderas con carbón) a las embarcaciones pequeñas, mucho más numerosas, (que se las arreglan para entrar y salir con muy «poca agua») les hubiese puesto el puerto, aún más inservible.

Sin embargo (por eso traigo el tema a colación) en Mal Pica, puerto de la Provincia de La Coruña, existe una «compuerta» parecida; con ella no pretenden mantener en el interior del puerto, un nivel de agua, incluso la propia pantalla de cierre, lleva algunos orificios de 50 centímetros de diámetro, permitiendo entrar o salir la llegada normal de agua por el flujo» o por el reflujo.

Se utiliza exclusivamente los días de temporal, de «vagamar»; con la flota pesquera tranquilamente refugiada en el puerto y precisamente su misión es hacer efectiva dicha tranquilidad. Impedir -el ímpetu, con que en dichos días, una Iámina de agua de quizá un metro de altura, formada por cuatro o cinco olas ya rotas- que entre incontrolada en el «puerto interior”, azotando las lanchas contra el muelle ó unas contra otras; obligando a reforzar amarras y a muchas noches y días de «vigilia», se descompone la “furia” del mar.

Esa misión tenía que haber cumplido (y seguir cumpliendo) también en Llanes.

Desde la «Dársena» se pasa directamente hasta el Sablín. Aquí hace tres años que Tiago, autodidacta «carpintero de ribera», ha instalado un «astillero».

Resulta de lo más entretenido verle realizar, con maestría, su labor. Tiene un pequeño bajo donde guarda la madera y una pequeña sierra de cinta; luego, en una minúscula parcela al aire libre, realiza las construcciones, utilizando para ello un pequeño cepillo de mano, con el que ajusta las costuras entre las tablas, unas presillas para ceñirlas, un serrote, el martillo y dos paquetes de puntas galvanizadas. Al pasar nos detenemos y cada cual tenemos algo que comentar, que aconsejar. Hablar por no callar.

Veinte metros más arriba, otra industria de nuevo cuño: Popo, prepara «pacas» con el «ocle” almacenado.

Este «ocle» -oro escarlata- suplió con creces los deficientes ingresos por la venta de pescado de los marineros y de las cosechas de maíz de los labradores costeros, desde el año 1970 al 75.

Luego por mor de una serie de «acuerdos», investigables de oficio, en plena época de inflación, de enorme aumento de todos los precios, siendo una materia prima cada vez más necesaria (de la que se obtiene el Agar-Agar) aparece ¡nuevamente! La valoración «invertida» y pagarán estos dos últimos años, diviendo por ¡tres! el precio libremente pagado anteriormente.

Una tercera industria (volante en este caso) la trabaja el Vivo (que tiene unas canteras de piedra caliza y una planta de trituración en Santa Marina de Parres).

En las bajamares importantes (de más de noventa de coeficiente) con dos palas excavadoras y un camión conducido por Segura, por la rampa que hay en el Sablín, saca arena desde el muelle «Santiago» hasta debajo de la «Tijerina». No falta quien le «hace las cuentas»: pues la arena la vende para la construcción; puede que olviden el valor del gas-oil y que estas máquinas mucho pierden en su contacto con el agua salada.

A todos nos entretiene ver evolucionar dichas palas.

Segura, puesto de pié sobre el techo de la cabina de su camión, vigila la carga. ¿Hará falta estar subido a dicha plataforma?

Seguimos por el muelle de la izquierda, por debajo de las galerías de las vetustas y bonitas casas de la Moría, hasta la zona en que arranca la «Barra».

En una edificación que tenía un pequeño «vivero», Tomás el Sastre ha instalado una casa de comidas. Voy a limitarme a aplicar a Tomás un adjetivo: Imprevisiblemente ingenioso.

En Llanes no veis por televisión el Panorama Regional de Asturias. Os perdisteis una entrevista que le hicieron: Desparpajo y alegría y, sobre todo, originalidad.

En una ocasión, en Agosto, le llegó el clásico grupo de dos matrimonios madrileños, con muchos «retoños» y una tía mayor (aditamento que no suele faltarles). Ocuparon tres mesas. Algo receloso, Tomás se acercó a ellos. Le pidieron una botella de vino, otra de sidra -con la que a pesar de servirse tocando los vasos se sienten descubriendo el séptimo velo de la asturianía- la inseparable gaseosa de litro y . . . una palabra mágica que hizo que Tomás desfrunciese el ceño: ¿Tiene marisco?.

Sí que tenía: langostas, llubricantes, centollos, andaricas, percebes (los tres que anteceden, por aquello de ser mes sin «erre», digo yo que serían «franceses») almejas. . .

Pero . . . no parecía que fuesen sus apetencias.

¿Tiene sardinas?. Tráiganos docena y media. Terciaditas.

Tomás (mientras mentalmente se decía «una unidad para los niños y dos para los adultos») se fué rápido a la «plancha», seguro ya, que la única forma de sacarle rendimiento a las tres mesas, era servirlos pronto y pronto quedasen libres. Las asó concienzudamente, eran de buen tamaño. El mismo las sirvió.

          Pero… ¿No le habíamos dicho que terciaditas? dijo una de las señoras compunjida.

Tomás cogió con las dos manos el mantel que cubría las tres mesas y de un brusco movimiento las “desmanteló”.

Aquellas personas, ante una fuerza y una reacción que no comprendían, se marcharon.

Tomás, aún ofuscado, se acercó a la pizarra en la que estaba escrito «Se prohibe la entrada a perros» y puso debajo «y a madrileños».

Pasaron algunos minutos, un cliente amigo, viendo que la «galerna» había pasado, le dijo conciliador: Tomás debes borrarlo, no está bien.

Tomás se acercó diligente a la pizarra y borró: ¡Perros!

Por lo demás tiene muchos y buenos clientes. Más de un embajador español en el Oriente, echará de menos sus suculentos «xáragos» al horno.

Nos queda por decir que la «Barra» sigue llegando a la «osa» sin cubrirla. Está donde la dejaron. Sirviendo de malísima defensa para el puerto. Puede asegurarse que no existe «antepuerto». Y probarse. Ninguna lancha permanecerá aquí una noche. Sí, durante el día, por estar la «mar bella», vemos anclada una motora mecida suavemente por las olas, con seguridad un marinero estará en ella.

No están dispuestos a que el temperamental mar Cantábrico les sorprenda. (Por no seguir esa «regla de oro», un día de verano en que dejé amarrada a la escalera de la «Barra -mientras iba a comer- una «barquilla» -el «Nautilus»- «saltó el viento», le «faltó» un cabo y se «desfondó contra las rocas).

Terminado el verano y hasta pasados ocho meses, las tripulaciones de las «merluceras», para sobrevivir, se trasladarán a Ribadesella o a San Vicente (otras, de llaniscos, permanecen allí o en Avilés todo el año).

Mariano Zubizarreta Gavito

(E.O.A., Extra 1978)

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