El astillero de Cimadevilla

Al igual que en Niembro, Celorio, Poo, Vidiago y Pendueles, en Llanes tenemos una Moría, ese terreno pedregoso a la orilla de la mar, y sabemos que en el siglo XIX estaba habitada por familias marineras y que las pocas que no lo eran tenían de alguna manera fuertes lazos con la mar.

Entre aquellas personas, que vivían pegadas a la costa, “como lapas a las rocas”, destacó Francisco García Ruenes quien, además de escribano, notario y armador, edificaba casas y construía barcos.

El pequeño astillero de este personaje, trabajador infatigable, estaba en la rampa que bajaba desde el barrio de Cimadevilla a la Concha, después la Dársena, donde era habitual verle calentando el alquitrán en un gran perol, calafateando y pintando.

Así, en aquella suerte de dique se construyeron el patache “San Francisco”, “el Carrocedo”, el quechemarín “Magdalena” y la gran lancha “Nuestra Señora de las Lindes”.

Y a esta embarcación quería llegar yo para contarles que durante la gran galerna del 15 de octubre de 1833, en la que naufragaron muchos barcos y hubo cientos de víctimas, la única que se salvó, según recogen nuestros autores Demetrio Pola y García Mijares, fue “Las Lindes”.

Cuentan que los 18 tripulantes con su patrón Manuel García a la cabeza, se postraron ante la primera Virgen que vieron, que no fue otra que la de la Barquera de San Vicente, preciosa imagen que según la leyenda apareció a la deriva en un bote sin vela ni remo. Posteriormente, ya de vuelta en Llanes, subieron al Cristo del Camino y, por fin, acompañados por muchos vecinos de la villa, se arrodillaron ante la Guía, Virgen que también vino por la mar.

Otro de los barcos construidos por el Sr. García Ruenes en su astillero fue protagonista de un suceso que, por ser propio de una novela de misterio, nos contaban de críos, y que he refrescado de la mano de un libro de Cayetano Rubín de Celis.

Al parecer, en una noche de fuerte marejada, coincidiendo con copiosas lluvias y crecidas de nuestro aprendiz de río, a un barco fondeado en la Peña Redonda -ahora, gracias a ese libro de Tano, sé que podría haberse tratado del “Carrocedo”- se le soltaron las amarras y, como si lo gobernará el más experto de los patrones, salió limpiamente por entremuelles dejando atrás el puerto y desapareciendo en aquella encrespada mar. Milagrosamente, un tripulante, llamado Martín Bustillo, que solía dormir a bordo, se salvó de una muerte cierta al pasar aquella noche en tierra.

La seguridad de que el barco había naufragado se instaló en la mente de todos los llaniscos, pues entendían que “el Carrocedo” tuvo que ser envuelto por la rompiente de la Plancha y estrellado contra las rocas de Puerto Chico o Toró. Durante mucho tiempo no hubo ningún vecino de la villa y del concejo que no esperara la aparición de algún resto, pero ni una tabla, ni ningún pedazo de aparejo fueron vistos jamas.

No se me ha olvidado que de cría tras escuchar aquella narración sin desenlace me preguntaba: ¿Existirá algún Triángulo de las Bermudas en nuestras costas? ¿Tendría que ver con la Atlántida? ¿Habría sido secuestrado por seres de otros mundos? ¿Existiría el Llanisco Errante?

Mucha historias quedan todavía por recordar de La Mar de Llanes, vinculadas al Puerto, la Moría, Cimadevilla, Santa Ana, el Fuerte, el Pozu del Alloral…

Maiche Perela Beaumont

Fotografía, Valentín Orejas

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