Hubo un tiempo en que las marracanas, embarcaciones muy marineras para aguantar y campear temporales, abarrotaban el puerto.
Navegaban a vela y para entrar en puerto utilizaban un motor auxiliar e, incluso, algunas a remo.
Tenían bastante manga, poco puntal, el timón de madera, un palo mayor de aproximadamente diez metros y estaban pintadas de negro, seguramente porque lo primordial era la conservación del casco.
Estas embarcaciones, que se repartían por toda la costa Cantábrica, permanecían durante la costera del bonito fuera de sus puertos de origen y cuando las cogía el temporal alejadas de tierra se abarloaban unas a otras, bajaban los palos y los amarraban entre ellas formando un especie de balsa.
Cuentan que era todo un espectáculo ver como cocinaban las marmitas y su ritual para comerlas. Se colocaban los marineros alrededor de la cazuela cada uno con su cubierto y esperaban a que el patrón probara el guiso, esa era la señal para que todos metieran la cuchara. Y lo mismo sucedía con la bota de vino, empezaba bebiendo el patrón y después ya no paraba de dar vueltas.

Fuente, “El Oriente de Asturias”

Maiche Perela Beaumont

Imagen, ¡Puerto, Puerto, Puerto!

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