El día de San Antonio, bajo la primera luz de la mañana, esa en la que todo parece de mentira, me dirigí al puerto pesquero para hacer realidad un deseo que arrastraba desde cría, salir en un barco de pesca.

Así, con los ojos brillantes de emoción y con el mar todavía dormido, embarqué en el Virgen de Guía, barco de casco de hierro que lleva grabada en la proa una imagen que pintó Jesús Palacios de esa Virgen que vino por la mar.

Nada más poner el pie en cubierta, el patrón me invitó a entrar en la cabina, donde me señaló la sonda y, también, el GPS que indica donde se encontraban los aparejos que íbamos a recoger. 

Casi inmediatamente, debido a un velo de niebla que impedía apreciar donde acababa el mar y empezaba el cielo, al tener ambos el mismo color,  me asaltó una sensación de plenitud a la que vez  que, seguramente por quedarme sin referencias, comencé a sentir una pérdida de equilibrio, que desembocó en un mareo en toda regla.

El patrón, con esos ojos que tienen los marineros de haber visto tanta mar, me vigilaba, incluso se ofreció a llevarme a tierra, a lo que me negué rotundamente.

De repente, muy lejos vislumbre la desembocadura del río Purón y la costa me pareció una acuarela. Luego Pedro y Carlos, bajo el gobierno del patrón y con la ayuda del halador-¿cómo se las arreglarían antes, cuando no disponían de esa suerte de polea?-comenzaron a sacar del agua cientos de metros de miños. Ni en ese aparejo, ni en los otros tres, que se recogieron ese día, enmallaron suficientes peces que compensaran tanto esfuerzo. Entonces, me prometí que no volvería a decir que el pescado es caro.

Después, mientras nos acercabamos al Castro de Ballota rodeado de aguas color turquesa, y reparaba en su impresionante altura y en la similitud de las dos playas a las que custodia, el patrón me comentó los cupos de este año de la xarda, a todas luces injustos y vergonzosos, y también lo importante que sería que se instaurara, para bien de todos, el Turismo Marinero.

Llegando a puerto, me apercibió del hermosísimo reflejo del Virgen de Guía en la cristalera superior de la Rula, y me di cuenta de que mi sueño, al contrario que otros, no se había roto al hacerse realidad.

 

Maiche Perela Beaumont

Imagen, Valentín Orejas

Artículo publicado en el año 2014 en “El Oriente de Asturias”

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