Desde siempre, la Barra es uno de esos lugares en los que consigo distraer la mente. Así, cuando tengo en la cabeza mil cosas me viene muy bien pasear un rato en ella. Esta tarde, mientras la recorría con la confianza de aclarar las ideas o, como poco, atribuirles un orden, tuve la suerte de descubrir sobre los cubos que dan al norte, camuflados entre las gaviotas, a unos cuantos vuelvepiedras, esos pájaros rechonchos y cosmopolitas que encuentran debajo de guijarros, algas y maderas, todo un universo.

En esas andaba, cuando escuché el ya familiar “rum rum” de la Nalona, que entraba en el puerto pesquero liberada de la carga de su bodega y dispuesta a seguir succionando arena y fango. Entonces, sin apartar la atención de los movimientos de la draga, se senté de espaldas a mar abierto y frente a la nueva dársena recordé que crecí, como todos los llaniscos de mi generación, de la de mi madre y, si me apuran, de la de mi abuela, oyendo que unas de las aspiraciones más antiguas de los marineros y de todo el pueblo de Llanes era el arreglo del puerto.

Todavía hace unos días, leyendo a Manuel García Mijares me asombraba que en el siglo XIX, antes de que construyeran los muelles y redujeran su tamaño por los rellenos de lo que fueron marismas, el puerto tuviera calado suficiente para barcos de 200 toneladas, cuando en el siglo XX fuimos testigos de que las embarcaciones en mareas muertas no flotaban ni en la pleamar.

Esa evocación me llevó a revivir que de cría, en aquel tiempo en que aún estaba formando mi idea del mundo, desde ese mismo lugar fantaseaba, entre otras cosas, con la llegada de grandes veleros de los que saltaban a tierra marineros cargados de racimos de plátanos, cestos de cocos, loros y graciosos monos.

Es más, reviví que hasta estaba convencida de que fue en la Barra desde donde el conde Arnaldos, el del romance, vio aquella galera con las velas de seda, las jarcias de oro, las anclas de plata y las tablas de coral, en la que su capitán venía diciendo un cantar que a la mar ponía en calma, al viento hacía amainar y a las aves posar en su mástil.

Al bajar las escaleras, ya de vuelta a casa, mucho más campante que a la llegada, reparé en que cada vez entiendo mejor al marino que guiaba la fantástica galera cuando responde al conde: “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”.

 

Maiche Perela Beaumont

Imagen, Valentín Orejas

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