Ante todo, hay que saber, que el llamado navío de línea fue un tipo de barco de guerra que portaba tres palos con velas cuadras y dos o tres cubiertas artilladas, llamándosele así, porque fue el primer tipo de buque utilizado en una nueva forma de combate de las escuadras navales de la época.

Esta nueva presentación de las naves en el combate consistía en alinear los navíos uno detrás de otro con el fin de conseguir formar un verdadero muro de artillería que pudiera disparar simultáneamente densas salvas o andanadas, contra la flota enemiga.

En la Armada española del siglo XVIII, los navíos se clasificaban en tres clases, según el número de cañones que portaran, siendo entre 100 que como mínimo era los que embarcaban los de 1ª categoría, a los 60 cañones que armaban los de 3ª categoría.

El navío más grande con más cañones y mejor armado jamás construido en su tiempo, fue el español “Nuestra Señora de la Santísima Trinidad” (el “Santísima Trinidad”, también apodado “El Escorial de los Mares”), y que queda fuera de toda nomenclatura clasificatoria, debido a que sus cuatro puentes le hicieron el buque más grande, artillado y único en la Historia Naval mundial, ya que pensar en un navío armado con 140 cañones, 118 obuses y 20 morteros, un palo mayor que se alzaba 50 m. sobre cubierta y una superficie bélica que pasaba de los 3.000 metros cuadrados, se salía en su tiempo de toda lógica técnica.

Pero volvamos a nuestro Santa Ana.

Este magnífico navío fue botado en los Astilleros de El Ferrol, el 29 de septiembre de 1784, fue construido bajo la dirección de D. Miguel de la Puente, siguiendo los planos del Ingeniero de la Marina D. José Romero Fernández de Landa, el cual se basó en los diseños de construcción del navío de línea “Purísima Concepción”, resultó ser un magnífico velero y, aunque considerado como un buque de 112 cañones, llegó a armar sobre sus cubiertas 104 cañones y 32 obuses de distintos calibres, que fue con dicho armamento como se presentó en la Batalla de Trafalgar.

Fue uno de esos resultados tan positivos, que según una Real Orden del 12 de diciembre de 1786, se ordenaba que todos los navíos de “tres puentes” que desde entonces se construyeran, lo fueran bajo los planos del Santa Ana.

Pertenecía a una clase conocida comúnmente como “los menegildos” (“Menegildo”, “Real Carlos”, “Argonauta”, “San Fernando” y “San Agustín”), barcos muy marineros, muy maniobreros, muy resistentes y con una gran potencia de fuego.

Las dimensiones de nuestro Santa Ana eran las siguientes: una eslora de 210 pies (64 m.), en “quilla limpia”, media 185 pies (56,39 m.), 58 pies de manga (17,68 m.), 27 pies de puntal (8,23 m.), desplazaba a “son de mar” 2.308 toneladas. Un verdadero coloso de los océanos, cuya dotación se componía de 745 hombres, como buque de guerra, y que aumentaban a 1.050, aproximadamente, cuando entraban en guerra abierta. En la Batalla de Trafalgar, su dotación se compuso de 1.102 almas.

El 15 de diciembre de 1784, bajo el mando de D. Félix de Tejada, encontramos a nuestro Santa Ana totalmente armado, con el fin de comprobar su comportamiento en la mar, partiendo de El Ferrol con rumbo a Cádiz.

Su comandante, Félix de Tejada, que había observado que los palos del Santa Ana eran “de una longitud excesiva, estaba produciendo una escora alta, lo que impedía el uso de la batería de sotavento con vientos frescos, especialmente si se les unía algo de mar”, por lo cual propuso una arboladura mas proporcionada a sus dimensiones, recomendando su sustitución por unos palos más acordes a las características de este navío, por lo que se le traslada al 3er. dique de La Carraca en San Fernando (Cádiz), siendo el primer barco que entra en ese dique, donde se le rectifica la arboladura bajo la dirección del propio D. José Romero Fernández de Landa, quien los modificó, disminuyéndola, al mismo tiempo que se le carena y se forra de cobre viejo sobre su obra viva de madera.

Pese a su tamaño, se comentaba tanto por su maniobrabilidad, como por su extremadamente fácil gobierno le hacia uno de los mejores buques construidos en Europa.

En el año 1797, sus lanchas y botes participan en el rechazo de asalto de John Jervis (1.er Conde de Saint Vincent, Almirante de la Marina Real y Primer Lord del Almirantazgo), y Horatio Nelson (Contraalmirante de la Marina Real Inglesa) a Cádiz, defendido por D. José de Mazarredo, el cual distribuyo 16 lanchas cañoneras entre Rota, La Caleta (puerta de Sevilla) y Sancti Petri y 15 más en la bocana del puerto, como defensa y apoyo a la actuación del Santa Ana.

Posteriormente, el Santa Ana, y durante el resto de toda su vida activa, se dedicó a hacer campañas por el Mediterráneo y el Golfo de Cádiz.

El 21 de Julio, salió de la bahía de Cádiz, la escuadra española bajo el mando de Mazarredo, siguiendo a la francesa del Almirante Bruix rumbo a Brest, pero con la mala fortuna de que el Santa Ana varó en los bajos de Rota, teniendo que regresar a Cádiz para su desarme y reparación.

El 20 de Octubre de 1805, sale el Santa Ana de la bahía de Cádiz, bajo el mando del comandante D. José de Gardoqui y bajo la bandera D. Ignacio María de Álava para junto a la escuadra combinada franco-española, comandada por el Almirante francés Pierre-Charles Villeneuve y por el Teniente General español, Federico Gravina y Nápoli, a bordo del “Príncipe de Asturias”, de 112 cañones, para llegar a aguas de Trafalgar al día siguiente.

Con ellos navegan D. Cosme Damián de Churruca y Elorza, al mando del “San Juan Nepomuceno”, de 74 cañones, D. Dionisio de Alcalá Galiano, sobre la cubierta del “Bahamas” de 74 cañones, y D. Baltasar Hidalgo de Cisneros, al mando del enorme “Santísima Trinidad”, entre muchos nobles y valientes marinos.

En la mañana del 21 de octubre se avistan las dos escuadras, y el almirante Pierre-Charles Villeneuve, que despliega su insignia en el navío “Bucentaure” de 80 cañones, dispone sus barcos en línea de Sur a Norte intentando evitar el combate. Pero se encuentra a sotavento de dos formaciones en línea por su través de babor, una al Norte bajo el mando de Lord Horacio Nelson, Almirante de la Armada Real, a bordo de su buque insignia “Victory”, de 100 cañones, y otra más al Sur, mandada por el Vicealmirante Cuthbert Collingwood, a bordo del “Royal Sovereing” de otros 100 cañones,

La primera formación tiene como misión el cortar la línea franco-española entre la vanguardia y el centro, mientras que la segunda, intentará separar el centro de la retaguardia.

Nuestro Santa Ana, en el centro de la formación, ve acercarse por su través de babor al “Royal Sovereing”, y separándose de la misma se dirige a su encuentro entablándose singular combate entre ambos navíos

Por ser el “Royal Sovereing” un barco muy rápido, se había adelantado al resto de la flota y fue la primera nave británica que entró en combate, lo mismo que el Santa Ana por parte de la fuerza combinada franco-española. Hay dudas de quién disparó primero, pero lo que si parece ser cierto, es que el ataque del navío inglés fue efectuado con tal furia de fuego, rapidez y precisión de tiro, que estuvo a punto de enviar al Santa Ana a los abismos del mar.

Reaccionó este, con ayuda de otros navíos que vinieron en su asistencia, en el ataque por ambos flancos a su enemigo al que consiguió dañar seriamente, sintiéndose este al final aliviado de tal presión, por la llegada de algunos buques de la escuadra británica.

El Santa Ana, desarbolado por completo, dañado el timón, destrozada su popa y abiertas sus cubiertas, no pudo hacer nada más que arriar su bandera, siendo tomado al pronto por los ingleses.

Sin embargo, estando ya en manos de ellos y embarcada una patrulla de ocupación, se produjo un furioso contraataque protagonizado por el navío “Rayo”, de la Flotilla de Salvamento enviada desde Cádiz, por medio de la cual, les fue arrebatado el Santa Ana a los ingleses, devolviéndole la bandera que le correspondía y remolcado hasta el puerto de dicha ciudad gaditana por la fragata francesa “Tethis”, desde donde posteriormente pasó al arsenal de La Carraca, y entrando en dique, fue carenado y armado en firme.

Por su parte el “Royal Sovereing”, totalmente desarbolado y a punto de hundimiento, es remolcado con grandes fatigas hasta Gibraltar, mientras su comandante el Vicealmirante Collingwood, tuvo que trasladar su insignia a la fragata “Euralyus” .

El Santa Ana fue el estandarte y el baluarte español en Trafalgar y fue el primer navío que frenó el embate inglés.

En 1812, estaba en la escuadra de D. Juan José Martínez de Espinosa, y en agosto de ese mismo año zarpa para la Habana, pero ya en muy mal estado en compañía del “Príncipe de Asturias” y el navío “Implacable”, llegando a su destino falto de agua, víveres y con la mayor parte de su tripulación enferma.

Allí en el Arsenal de La Habana, y sin ningún tipo de mantenimiento, quedó para servir unas veces de pontón y otras como depósito de marinerías, por lo que poco a poco, y ya falto de carena, se fue a pique en 1816, quedando apoyado en el fondo del puerto frente al Arsenal.

Triste fin para uno de los más grandes navíos de nuestra Armada, que había cumplido 32 años de servicio, y que posiblemente, si hubiera estado en su tiempo en manos de otras Administraciones, ahora, en nuestros días, lo podríamos contemplar en cualquiera de los puertos de nuestro extenso litoral marítimo como museo flotante, y además para nuestro asombro, deleite y orgullo, en todo su esplendor.

Ese fue el navío de línea Santa Ana.

Fernando Suárez Cué

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