Que difícil es escribir con los sentimientos a flor de piel, sobre todo de un gran tipo como “El Belga”, como muchos llamábamos a José Manuel Gutiérrez Meré.

No recuerdo cuando hablamos por primera vez, pero siempre tendré grabado en la memoria y en el corazón la entrevista que se le hizo para DocLlanes, que aunque breve, a mí me pareció inmensa, como cualquier conversación con él. 

Era verano. La luz entraba por la ventana de su bodega del puerto y bailaba entre redes y aparejos, y allí, en su segunda casa, con su humanidad escapándole por los ojos y por la expresividad de sus manos y  gestos, fue tejiendo recuerdos y anécdotas.

Así, nos fue relatando su vida empezando con que había nacido en Llanes en 1933, que no asistió al colegio y que con las 7,50 pesetas de su sueldo se pagaron los estudios de su hermano; añadiendo que trabajó de botones en el Casino y de barman en el Hostal Peñablanca. También, nos habló de las vivencias de su infancia, como cuando iba con otros rapaces a robar manzanas o a tirarse al agua desde el muelle; sin olvidar las salidas a bonito a remo y sin aparejos, apañándose con cola de caballo que se empataba, y de “navegar a olfatu”. 

Más tarde, la necesidad lo llevó a emigrar a Australia, para lo que había ahorrado 7.000 pesetas, pero se tuvo que arreglar con menos, ya que un amigo le pidió dinero y eso le hizo comenzar la aventura de dar la vuelta al mundo con 40 duros y  good morning, very much y thanks. 

En aquel país, rodeado por los océanos Índico y Pacífico, contrajo matrimonio en la catedral de St. Patrick’s de Melbourne y nació su hijo varón: y no solo navegó a vela como segundo y primer oficial sino que también trabajó en minas de cobre y talando árboles. Nunca me olvidaré que antes  me había contado que los eucaliptos en Australia podían llegar a medir cien metros, y pensé que debía ser el árbol que lleva al cielo las flores más altas.

Entre sonrisas y emoción, evocó simpáticas  anécdotas con canguros y como unos niños en Australia, a raíz de haberse tirado al mar, infestado de tiburones, para arreglar una avería de la hélice de un barco,  le besaban la mano como si de una suerte de ser superior se tratara.

Sin duda, aquellos pequeños australianos llevaban razón, Vendaval, como también se le llamaba por ser el nombre de su barco, tenía muchos dones en su persona de todos conocidos, además de el don de  celebrar la vida a cada paso.

Me quedé prendida en aquello de que “la necesidad enseña mucho” y   “que no solo se navega en la mar, eso es lo fácil”.

José Manuel, el puerto no será  igual sin ti.

 

Maiche Perela Beaumont

Imagen, Valentin Orejas

Entrevista para Docllanes en julio de 2019

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