Hay cosas que perduran ante nuestra indiferencia. Este pensamiento me vino a la cabeza cuando a finales de agosto en la playa del Sablón, con el agua llegándome a la cintura, contemplaba la que puede ser la Casa de Ballenas, lugar que servía para guardar armazones y calderas, así como para fundir la grasa y elaborar carne en salmuera, en los tiempos en que se cazaban ballenas y cachalotes en nuestras costas. 

A consecuencia de varios árboles,uno de ellos caído, lo único que se puede divisar de la casa  desde la mar es una esquina del tejado, el lado oeste en el que existe una ventana grande y otra pequeña, como una suerte de tronera, un jardín, el antiquísimo muro que la cerca y el marco de una puerta, en la actualidad tapiada, que daba acceso a la playa, y también se adivinan unos escalones que llegaban al arenal. Desde tierra todavía la visión es más limitada, ya que la casa se encuentra a cierta distancia de la calle, y apenas se entrevé a través de unas verjas oxidadas, y la otra entrada es un portón ciego de madera.

Pero voy a empezar por el principio, pues no “me arrimé” a la Casa de Ballenas por casualidad, tuvo su camino. 

Abundan, a través de los libros de actas del importante y disciplinado Cabildo de los Mareantes de Llanes, datos para reconstruir la vida y las costumbres de aquellos intrépidos y diestros pescadores, sin embargo, como no podría ser de otra manera, existen lagunas y dudas, una de ellas es la ubicación de la Casa de Ballenas.

No ayudan varios textos que erróneamente la sitúan en la Plaza de Santa Ana, muy cerca de la capilla bajo la advocación de la patrona de los marineros.

Indagando sobre ese lugar en el que se beneficiaba el cetáceo que  durante siglos dio cuantiosos recursos para el sostenimiento de la vida municipal y para el sustento desahogado de los hogares de las gentes de la mar, me he tropezado con una reseña de  Cayetano Rubín de Celis que la sitúa sobre el Sablón.

Nos cuenta Tano que en el siglo XIX únicamente había en el arrabal de la Moría sobre la playa un grupo de cuatro casas.  En una vivió la familia de Ángel de la Moría, y en ella nació el poeta según el mismo escribió: “En una casina vieya que a la orilla del Sablón tien una huertina a la vera”. En otra, Bernabé Sobrino y en la del oeste, con árboles frutales, la de Francisco de la Fuente, un popular personaje al que llamaban “Arranca”. La otra muy antigua, y la única que se conserva, era la Casa de Ballenas, que tenía un patio con servicio a la playa donde se beneficiaban los cetáceos,y añade que era propiedad de la familia Hevia.  

Siguiendo con “las pesquisas”, llegué al  libro “Antiguos mareantes de Llanes”, en el que  Antonio Celorio recoge que en la villa de Llanes existió una casa de ballenas, próxima al sable de los Estacones (La Moría), perteneciente al Ayuntamiento. Además, ilustra con un dibujo las actividades balleneras en el playa del Sablón y a la derecha aparece la Casa de Ballenas.

Así, es fácil imaginar la ballena varada en el Sablón y apreciadas sus características, a voz de pregonero, proceder a la subasta con la obligada presencia de notario, miembro del Ayuntamiento y Mayordomo de la Cofradía de Pescadores. Y  rápidamente, ejecutar el despiece por escasas y expertas manos, seguido del transporte de los productos por las tripulaciones a la Casa de Ballenas, que ahí está viendo pasar el tiempo. 

Antigua lamina donde aparece la Casa de Ballenas

Maiche Perela Beaumont

Imágenes, Valentín Orejas y “Antiguos Mareantes de Llanes”

 

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