Gracias al patrón del Virgen de Guía, que sabía mejor que nadie que yo soñaba con volver a salir a la mar, no me quedé en marinera por un día.

En esta segunda ocasión, al resultarme todo más familiar y al estar liberada del mareo -tuve la precaución de tomar pastillas-, dejaron mis ojos de perderse en el mar y me sentí capaz de fijarme en cada cosa, de no perderme detalle.

Tras pasar junto al Palo de Poo y pensar que el mar no se cansa de esculpir y colorear lo que toca, me di cuenta de que nunca había visto tan cerca a las gaviotas, que volaban a un palmo de nuestras cabezas y, aunque su velocidad era la del barco, parecían estar paradas.

Me llamó la atención que no se lanzan al agua en picado, ni somormujan al nadar, ellas frenan en el aire utilizando las patas de tren de aterrizaje, y como si estuvieran siempre de peluquería son reacias a meter la cabeza en el agua.

Según íbamos llegando a los aparejos, que anuncian las boyas, dejé de mirar a la costa y al cielo para clavar los ojos en lo que traían las redes.

Así, a cada vuelta del halador, pasaba de la sorpresa a la emoción, al ver enmallados salmonetes de un naranja encendido y atravesados por bandas amarillas; lenguados, que nacen con un ojo a cada lado y luego se empeñen en tener otro punto de vista; bogavantes, que vivos son de un azul intento y que crecen tan lentamente que pueden llegar a vivir 75 años; centollas, a las que el patrón abre sus apéndices abdominales, alegrándose cuando no tiene huevas; cabrachos de aspecto desafiante y rojo hiriente; san martines, con las huellas de San Pedro en los lomos.

Después, mientras Pedro y Carlos distribuían en las cajas los peces de la misma familia, el patrón se dedicó a enseñarme especies raras, desde una raya, con apariencia de cometa, a la que llaman tembladera, pues lanza descargas eléctricas, pasando por una zapata, de la familia de los escualos, que si la tocas a contrapelo es como un papel de lija, hasta un cohombro, que segrega unos hilos mucosos pegajosos que proyecta sobre agresores e intrusos.

La lección del patrón, siempre dispuesto a instruirme,a revelarme secretos del mar, me hizo reparar en que la vida hace ensayos y que no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta a las circunstancias.

Aquel día, el llegar a puerto bajo una nube de gaviotas, fue como regresar a la realidad, tras haber pasado unas horas en otro mundo, alejada de la tierra y los problemas.

 

¡Gracias, patrón!

Foto: Valentín Orejas

Artículo publicado en el año 2014 en“El Oriente de Asturias”.

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