Me encontraba una plácida mañana, de un maravilloso día de verano del siglo pasado, tomando tranquilamente “las once” en la terraza de “La Casa del Mar”, cuando aparecieron Cote y Ramón y les dio por hacerme la pregunta del millón… Fernandín… ¿Por qué la mar es salada?.

Sin darme tiempo a contestarles, empezaron las discusiones entre los “doctos” presentes, aunque en defensa de la verdad creo que el que acertó de pleno fue Tiquiano, que nos explico la teoría de las aguas dulces de los ríos y los arrastres de tierras salitrosas que depositaban en la mar. Toda una lección de conocimiento.

Sé que estos amigos ya han recibido un escrito que habla del tema con gran seriedad, pero yo, investigando, investigando, me he encontrado con esta historia, que creo es la más fantástica y veraz realidad, por lo que voy a relatárosla en este…

Cuentin llaniscu

Hubo un tiempo, hace muchos, muchísimos años, cuanto todas las aguas de nuestro Planeta eran dulces, y todavía los animales marinos salían a la tierra para ver sus maravillas y los animales terrestres bajaban a las profundidades del mar para contemplar los tesoros que allí existían, habitaba en esas profundidades y frente a las costas del Norte, Abasconte, el Señor de las Profundidades Marinas, en donde tenía su inmenso castillo, el cual ocupaba en compañía de su hija, la bellísima y dulce princesa Torimbina, alegría de su vida y de su reino, ya que tanto el rey como la princesa vivían pendientes de las necesidades y bienestar de sus súbditos. En fin, que era un reino feliz, alegre y próspero.

Pues bien, un día que Abasconte estaba visitando una parte de su reino, un velocísimo correo real, Toliñu, le trajo la mala nueva de su hija había sido raptada por el malvado rey Turbónico, Señor de las altas, frías y grises tierras que se encontraban cerca de su marino reino, con el fin de desposarla con su hijo Muescón.

Hundido en la tristeza y desesperación, se acercó el rey a la costa con todas sus huestes con el fin de intentar localizar al raptor; pero al ver su castillo tan lejos, tan alto, tan inexpugnable, dando un fiero grito lanzó al aire su terrible “fitora”, la cual al caer golpeó a una osa que estaba bebiendo agua de una ría, cayendo sobre ella una terrible maldición, pues convirtiéndola en piedra la condenaba para siempre a estar vigilando la entrada de esa ría, hasta que todas las cosas volvieran a la normalidad y la bella Torimbina regresara al castillo de su padre el rey, que se encontraba en la submarina playa de “Abascal”

Pasó el tiempo, mientras el rey Abasconte en su obsesión, enviaba una tras otra poderosas olas contra la tierra para ver si lograba que el pico donde se encontraba el castillo del malvado Turbónico se desplomara hacia la mar, donde seria destrozado por las fuerzas enviadas por Abasconte. La verdad es que no lo logró, pero el límite entre la tierra y la mar, quedo modelado en enormes y salvajes acantilados, de los que con el tridente el furioso rey desgarraba grandes peñascos que dejaba abandonados y solitarios cerca de la costa.

Siguió pasando el tiempo, hasta que un día un travieso y simpático “pulpe”, de nombre Guruñín, se encontró de sorpresa y sin quererlo con Sablónidas, un pescador que estaba paseando por una playa cercana a la pequeña Villa marinera en donde moraba.

Al darse cuenta de la tristeza que embargaba al pulpo, el marinero le preguntó:

¿Qué te pasa “chachu”, que llevas esa cara?

Guruñín le conto la triste historia, a lo que el pescador, después de escucharle atentamente, le contestó diciéndole:

-“No te preocupes, vete rápidamente a presencia de tu rey, y dile que estoy en situación de ayudarle, pues conozco perfectamente el lugar en donde tienen retenida a su hija, la princesa Torimbina, y la voy a rescatar”.

Enterado el buen Abasconte de la maravillosa oportunidad que se le ofrecía, enganchó a su carro cien enormes toros marinos y con la mayor rapidez posible fue al encuentro del humano en una playa cercana de su casa, convirtiendo en piedra a algunos de dichos toros, para que vigilaran durante esa entrevista, y que nadie pudiera ni interrumpirles ni hacerles ningún daño.

¿Qué necesitas para salvar a mi hija la princesa?– Pregunto el nervioso y desconsolado rey.

-“Solo necesito una gran nube negra que ciegue los ojos de Turbónico, y mucho, muchísimo ruido para que ninguno de sus sicarios me oigan llegar”. Le contestó Sablónidas

Así lo hizo el rey, enviando una espesa y negra nube que cubrió los picos donde se erigía el castillo de su enemigo y una furiosa galerna que ensordeció a todo ser viviente en muchas leguas a la redonda.

Empezó el ascenso a las altas cumbres el valiente pescador, guiado por dos enormes gaviotas, llamadas Balloteria y Palopoonia, que el poderoso Señor de las Profundidades Marinas le había enviado para que le acompañasen, ya que a estas bellas aves ni las cegaba la nube ni les asustaba el ruido de la embravecida mar, con lo cual nuestro héroe consiguió llegar a Turbinia, el reino del malvado Turbónico, y sin grandes complicaciones rescatar a la princesa Torimbina, aprovechando que todo el mundo, muerto de miedo, se había escondido en lo más profundo de los sótanos del castillo.

Cuando dejaron a la princesa en los brazos del feliz Abasconte, tan grande fue la alegría del rey, que se olvidó de todo lo que no fuera estar con su hija, hasta tal punto, que no pensó en desencantar a la infeliz osa de la entrada de la ría, ni a los magníficos toros de la playa, donde todavía se pueden ver convertidos en piedra.

Pasadas las fiestas en el Reino para celebrar el regreso de la princesa, el ahora feliz y agradecido rey, mando llamar a su presencia al valiente Sablónidas, al cual le dijo:

Por tu valor te concedo todo lo que desees… ¡Pide!

No necesito nada Señor, tan solo si pudieras aligerarme de un trabajo que debo hacer y que ya está siendo muy pesado para mí. Le contestó el pescador

-“¿Qué trabajo es ese?”. Pregunto el rey

-“Pues verás poderoso Abasconte, cada luna mucho he de andar, en un largo y penoso viaje, para llegar a lejanas tierras en busca de la preciada sal para mi familia y para la conservación de mis capturas, ya que sin la sal, los alimentos no saben a nada y las piezas por mi pescadas no se pueden conservar durante mucho tiempo”.

-“¡Remediarlo es fácil!”. Dijo el rey, y le regalo en ese momento un mágico molinillo capaz de moler toda la sal que se le pidiera.

Marchó Sablónidas encantado por tan maravilloso regalo, pues este fue la fortuna y prosperidad, no tan solo suya y de su familia, sino de toda la Villa, ya que el buen pescador, molía sal para todo aquel que la necesitara.

Pero la historia no acaba aquí, pues aunque para Sablónidas y su familia tuvo un final “de fueron felices y comieron perdices”… no lo fue para un convecino, envidioso y ruin de nombre Bufotiustón, que en un descuido de su propietario, le robo el mágico molinillo y embarcándose en su lancha, marchó hacia “la cinta de la mar”, para poder moler toda la sal que quisiera sin que nadie le viese, y así aprovecharse él solo.

Mas he aquí, que con lo que no contaba el malo de Bufotiustón, era que desconocía totalmente las palabras mágicas que hacían detenerse el molinillo en su trabajo, por lo que este siguió y siguió moliendo sal, hasta llenar hasta los toletes la lancha del ruin ladrón, que terminó hundiéndose por el peso de la misma, arrastrando todo su contenido, incluidos al infame Bufotiuston y al mágico molinillo, hasta las oscuras, profundas y frías aguas de la Mar.

Hoy en día, si en una tranquila noche de luna llena, con la mar calma como una poza, y cuando esté todo en silencio, nos acercamos a Punta Jarri y prestamos mucha atención, podremos oír un rítmico y extraño sonido que nos llegará desde el fondo de la Mar…. ¡Es el molinillo que todavía sigue, sigue y sigue moliendo sal!

Por eso mis queridos amigos, y nada más que por eso… ¡La mar es salada!

 

Fernando Suárez Cué

Imagen: Valentín Orejas

 

Content retrieved from: http://www.diariodeloriente.es/2016/07/16/la-mar-salada/.

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