Desde siempre, los temporales marítimos están asociados en mi memoria a los bufones, esas singulares formaciones geológicas que tenemos en el oriente de Asturias y que, al parecer, no se dan en ningún otro lugar del planeta.

Dicha relación surgió en el momento en que me anunciaron, siendo yo muy niña, que me llevarían a ver y a oír esa suerte de sifones marinos. Recuerdo que me consumía la impaciencia a la espera de que se produjeran las circunstancias precisas para que los bufones ofreciesen su espectáculo de lanzar agua por los aires. Mientras me imaginaba al agua y al aire haciendo diabluras en el interior de los acantilados para escapar juntos, aprendí de mareas y de los estados de la mar, que repetía como una letanía: fuerte, marejada, mar gruesa, mar muy gruesa, arbolada,montañosa y enorme.

Por fin, una oscura y fría tarde invierno, pero con la belleza que da el mal tiempo, al coincidir una marejada-de esas que hacen pensar que el mar, a pesar de ocupar ya las tres cuartas partes de la Tierra, todavía quiere más- y la pleamar, me llevaron al campo de bufones de Arenillas, en las proximidades de Puertas de Vidiago, que de aquellas, como los de Pría y Satiuste, aún no eran Monumento Natural.

Aunque, seguramente, la memoria ha editado mil veces la escena, siempre me veo a una distancia prudencial del surtidor principal, bajo una atmósfera cargada de humedad, contemplando cómo se eleva una columna de agua tan pulverizada que se podría confundir con humo, al tiempo que me estremecía al escuchar unos profundos y atronadores bufidos. Pero, sin duda, lo que más me sobrecogió fue notar que el suelo vibraba bajo mis pies, seguido de una sensación de mareo, como si no me encontrara en tierra firme.

Y esta evocación no viene a cuento por el temporal marítimo que azotó hace unos días nuestra costa, sino porque, a pesar de mi fascinación por los bufones, tardé en enterarme de la existencia de uno en Ballota, al que llaman de Santa Clara. Y tampoco, y eso es aún mas bochornoso, tenía noticia de que detrás de el Taleru, esa cueva tan poco corriente que no parece natural, hay otro que, cuando las olas se levantan y rompen en espuma contra los acantilados de San Pedro, salpica de agua salada el paseo.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

Content retrieved from: http://www.diariodeloriente.es/2017/12/23/tiempo-de-bufones/.

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